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sábado, 10 de mayo de 2014

EILEAN DONAN

10 de mayo de 1719. Tal día como hoy hace 295 años, cayó Eilean Donan. El castillo que hoy casi todos conocen por la película Highlander (Los inmortales) es una reconstrucción de principios del siglo XX.
Cuando las fragatas Enterprise, Flamborough y Worcester entraron en el Lago Duich encontraron junto al emblema del clan Mackenzie la cruz de Borgoña, la antigua bandera de España y las hostilidades se desataron... Cuentan que un fantasma español se pasea por la reconstrucción de Eilean Donan... Cuentan que en todos los castillos de Escocia hay un fantasma. A la visita de este castillo y a un corto paseo por Glenshiel le debo mi novela, El Monje de Hierro. Aquí os dejo un extracto de la novela y fotografías que tomé del castillo:
[...] la guarnición del castillo vivía una vida tranquila en la que el aburrimiento era la nota más predominante. Durante las largas guardias reparaban en sonidos e imaginaban las más fantásticas procedencias de tales y, por absurdas que fueran, originaron historias de fantasmas que se hicieron populares entre los soldados que buscaban una forma de mantenerse despiertos en las largas noches de vigilia en aquellos muros, confundiendo el aullido del viento al romper contra los estrechos pasillos de piedra con voces de ultratumba y la caída de objetos empujados por el aire y la gravedad con la mano caprichosa del más allá.
—Ya sabéis que todos los castillos de Escocia tienen su fantasma —advirtió Ramiro de Ocaña al resto de sus compañeros.
—Ya ¡Toma! ¡Y en España! ¿No sabéis que en El Escorial camina aún la sombra de Felipe II? —replicó el joven Alberto Núñez.
—Y un templario en el de Ponferrada, que se pasea por el recinto protegiendo sus ocultos tesoros, mientras espera encontrar a un vivo que le sustituya por siempre para que él pueda al fin descansar —intervino el bonachón berciano Jaime Vila con ganas de darle a la historia una vuelta de tuerca.
—Ya estamos ¡Ande ya! Señor Vila —se quejó Luis de Monforte, gallego y buen conocedor de las leyendas de los bosques de su tierra, sobre meigas, brujos, difuntos y encantamientos—, está usted mezclando churras con merinas. Se lo ha inventado y lo ha mezclado con la Santa Compaña.
—Igual da, señores —interrumpió Ramiro antes de que se iniciara una discusión que no llevara a ninguna parte—, el caso es que se lo escuché decir al sargento Mosquera, que lo escuchó a su vez de uno de los Mackenzie y, según cuentan los lugareños, este antiguo castillo fue construido sobre un asentamiento anterior, un pequeño monasterio construido para traer la palabra del Señor a los bárbaros que habitaban estas tierras y los vikingos lo destruyeron en una incursión. A lo que se ve, en el ataque mataron a un monje que trataba de evangelizar la zona armado con una Sagrada Biblia en una mano y un crucifijo en la otra.
—Eso explicaría lo de los aullidos de protesta, cuando Monforte se quejó ayer por no haber podido bajar a la capilla a rezar —todos asintieron, excepto uno que farfulló en bajo:
—Ya están estos tontos otra vez —pero nadie le escuchó.
—Sin embargo, yo supe de otra historia sobre uno de los alguaciles del clan MacRae quien, por lo visto, guardaba el castillo en nombre de los Mackenzie —todos miraron a Luis de Monforte esperando que contara otra de sus grandes historias—. Al parecer, este buen hombre se enamoró de una princesa normanda que acompañaba a su padre desde Escandinavia en una de sus invasiones y en un descuido de éste, la raptó y la trajo a estos muros. Su padre, al saberlo, fue en su busca, enfurecido, y se produjo una batalla para tomar el castillo y recuperar a la dama, pero el padre falleció en la disputa. Entonces, la princesa desconsolada juró odio eterno a su enamorado captor, que ante la tristeza del desamor decidió dejarla marchar y tan destrozado quedó por su ausencia que se quitó la vida para apaciguar el rencor de su amada —todos asintieron a la espera de que alguien contase más detalles. Pero intervino el que había farfullado groseramente contra ellos:
—Señores, lo único que yo he escuchado ha sido el viento al golpear de refilón las paredes y al estrecharse éstas, se producen esos silbidos. Si queréis pensar que el viento es un alma en pena que se pasea por el castillo día y noche, adelante, pero no se os aparecerá ningún ser del más allá que os invite a salir de vuestra ignorancia —todos miraron al incrédulo Miguel de Tormes, conocido por su mal carácter y sus contestaciones fuera de lugar.
—Su falta de fe y de respeto es preocupante, señor Tormes, y no debiera faltar a sus compañeros con tanta asiduidad y facilidad —dijo Alberto Núñez, molesto por las afirmaciones sobre su cultura, más que por su coherente raciocinio.
—Y su falta de inteligencia también, señor Núñez. No he de disculparme si alguien se ha sentido ofendido, pues la verdad no ha de ser motivo de ofensa y sí la estupidez al buen juicio —la contestación hizo que todos se pusieran en pie en previsión de una pelea, mientras los dos soldados empezaban a retarse con la mirada.
—Curioso. Pone en duda mi inteligencia un hombre que con su humor quisquilloso y su mala educación se ha ganado la enemistad de todo el cuerpo. Su madre debe estar orgullosa de usted, señor Tormes —afirmó Núñez sarcásticamente, mientras la tensión iba creciendo hasta que el malhumorado cascarrabias se puso en pie al escuchar la mención sobre su madre, decidido a iniciar las hostilidades antes de que su adversario pudiera responderle:
—Al menos yo la conocía, al contrario que usted —y se lanzó sobre él, golpeándole en la mandíbula antes de que pudiera reaccionar, haciéndole caer sobre la mesa que detrás estaba. Después, continuó golpeando a su contrincante hasta que los presentes intervinieron para separarle golpeando al insolente Tormes.
El capitán Álvaro de Quintana se encontraba en la sala contigua y escuchó el tumulto; cogió su bastón y corrió hacia la puerta que comunicaba las dos salas para saber lo que estaba aconteciendo; observó la situación y gritó:
—Ocaña ¿Qué es este alboroto? —Ramiro se volvió antes de sacar el puño para golpear de nuevo a Tormes y le contestó, mientras se erguía para cuadrarse:
—Estábamos hablando tranquilamente y el señor Tormes ha vuelto a insultarnos y ha empezado a golpear a Núñez. Nosotros le separábamos.
Observó el capitán que se había llevado una buena tunda en la separación Miguel de Tormes, que aprovechó el parón para intentar incorporarse mientras sus ojos iracundos buscaban revancha en el rostro de alguno de sus compañeros. Temiendo que la pelea continuara en cuanto él se alejara, decidió dar un escarmiento que todos pudieran ver. Se acercó a Miguel y le golpeó con la punta de su vara en la boca del estómago con la mayor fuerza que pudo, dejándolo sin respiración.
Tormes emitió un sonido gutural mientras hincaba las rodillas en el suelo y arqueó su cuerpo de dolor. Entonces, el capitán le golpeó nuevamente en la espalda con el bastón y él se desplomó, fulminado por un dolor tan agudo que no fue capaz de gritar por no llegarle suficiente aire a los pulmones, ni tener fuerza para hacerlo.
—Ustedes dos, atiendan a Núñez —ordenó el capitán a Ramiro de Ocaña y a Jaime Vila—. En cuanto a usted Tormes, irá al muro oeste de inmediato y permanecerá de guardia hasta nueva orden, y que no me entere yo de que se duerme o arma bronca de nuevo, porque le prometo que le azotaré personalmente y le despellejaré la espalda con cada latigazo hasta que le saque la mala sangre que lleva dentro ¿Me he expresado con suficiente claridad? —le preguntó al soldado, que apenas podía respirar aún.
—Sí,… sí.
—Sí ¿Qué? —respondió al soldado, mirándole fijamente a los ojos.
—Sí, mi capitán. A sus, a sus órdenes —pudo decir de forma entrecortada.
—Está bien —miró al resto de soldados de la sala —señores, denle algo de beber y cuando pueda respirar que suba a sustituir al señor Pérez, y que no me entere yo de un sólo altercado más ¿Entendido?
—Sí, mi capitán —respondieron todos.
—Bien, pues que no se repita —el oficial se dirigió entonces hacia la salida de la estancia, pero antes de abandonarla se frenó, miró las paredes del recinto y se volvió para decirles algo más—; y dejen en paz a los muertos. Respétenlos en silencio —y después salió [...]

Eilean Donan. Abril de 2010




domingo, 4 de mayo de 2014

OHIO

Hoy, 4 de mayo, es el aniversario de la masacre de la Universidad Estatal de Kent, en Ohio.
El 30 de abril el presidente Nixon había anunciado la entrada de sus tropas en Camboya, extendiendo así la guerra de Vietnam al país vecino.
Anteriormente, en 1969 la indignación popular había crecido después de que las imágenes de matanza de My Lai dieran la vuelta al mundo, y como causa última de la preocupación creciente de los estudiantes, se había producido el primer sorteo para el reclutamiento en las tropas desde la Segunda Guerra Mundial.
Nixon, que había prometido terminar con la guerra en 1968, para salir elegido presidente, lejos de cumplir su palabra alargaba el conflicto con sus decisiones.
Así estallaron las revueltas estudiantiles a lo largo de todo el país en respuesta a la gestión de la administración de Nixon.
En la Universidad de Kent las manifestaciones empezaron el día 1. 
Después de que el alcalde declarase el estado de emergencia entró en escena la Guardia Nacional. 
Por la noche del día 2, al entrar en vigor el toque de queda empezaron los enfrentamientos al no retirarse los estudiantes. Se produjeron detenciones, se usó gas lacrimógeno y un estudiante fue herido por una bayoneta.
El día 3 había mil efectivos de la Guardia Nacional. Con la indignación de los sucesos de la noche anterior, los estudiantes se enfrentaron a los militares hiriendo a diez, a cambio de que algunos estudiantes recibieran heridas por bayoneta.
La manifestación del día 4, que había sido desconvocada por los representantes universitarios, concentró a más de dos mil estudiantes.
Un agente de policía se acercó en un jeep a los estudiantes para advertirles de que serían detenidos si continuaban. Fue recibido a pedradas. Uno de los acompañantes del policía en el automóvil fue herido y se alejaron.
A medio día volvió la Guardia Nacional y lanzó el gas lacrimógeno. Los estudiantes los devolvieron obligando a la guardia a ponerse las mascarillas. Viendo que los manifestantes no iban a retirarse, 77 hombres de la Guardia Nacional avanzaron con sus armas con las bayonetas caladas apuntando a los manifestantes.
Hubo cuatro muertos:
Allison Krause, Jeffrey Glen Miller, Sandra Lee Scheuer y William Knox Schroeder.
Cinco días después cien mil personas se manifestaron en Washington. En la Universidad de Nueva York una gran pancarta rezaba: no podrán matarnos a todos.
Las imágenes de estas muertes dieron la vuelta al mundo y la presión contra Nixon para que terminara con el conflicto aumentó.
Quisiera rendir este pequeño homenaje a aquellos estudiantes, recordándolos y poniendo esta canción que se compuso en su honor: Ohio, de Crosby, Stills, Nash & Young
https://www.youtube.com/watch?v=hkg-bzTHeAk