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lunes, 30 de diciembre de 2013

LA HERENCIA. 6º PARTE: punto de inflexión

En anteriores episodios de La Herencia:
[...] la abuela estaba dibujando una extraña sonrisa y les seguía para asegurarse de que lo encontraban.
-Siempre desee consumar mi venganza, pero no imaginaba que tendría que esperar a después de muerta para lograrlo.
Cuando estuve con Segismundo le estafé todo lo que pude [...]

Sólo, desamparado, estupefacto ante la actitud de la abuela Antimia, a la que yo siempre había querido a pesar de su mal carácter y que, en realidad, no era más que otro chorizo de tantos que habitaron en algún momento España, pasé días sin saber que hacer, de un lado a otro, mirando la luz cegadora junto a la farola que huele a pis de perro sin atreverme a acercarme.
Fue entonces cuando me encontré de nuevo con la abuela, que me dijo:
-Gracias por tu ayuda, lo conseguí. Les he destrozado la vida y ahora me voy al cielo, que seguro que sólo saben lo de que les proporcioné la herencia. No es culpa mía que la herencia fuera de deudas...
-Claro, yaya, no es culpa tuya -respondí con sarcasmo y continué -ni es culpa tuya que yo no esté donde debería que es en el cielo por haberte aguantado todo este tiempo para que luego sigas engañando hasta después de muerta, y es que ya me ha quedado claro: el que hace el mal por envidia nunca dejará de hacerlo, sea terrorista, ladrón, adultero o lo que sea, porque al final, yaya, no eres más que una reprimida.
-Te daría un bofetón -me dijo -si tuviera manos para dártelo, pero como no tengo tiempo que perder contigo me voy a la luz. Si quieres vienes, y si no, ahí te quedas.
Y cruzó al otro lado. La vi perderse en la luz con la esperanza de que en el cielo hubiera algo de justicia y la echaran a patadas celestiales, pero no regresó. Cuando me cansé de estar allí seguí caminando, confuso y decidí consultar de nuevo al Oráculo. 
Le conté todo lo sucedido y cuando concluí diciendo que había cruzado a la luz dijo:
-¿Que fue hacia la luz?
-Si, Oráculo, sí, y si la admiten allí a ella, no sé si quiero estar. Además, no estoy en paz. Debo ayudar a esa gente.
-Yo no me preocuparía por tu abuela, ha ido directa al infierno.
-¿Cómo? Sí yo la vi cruzar hacia la luz.
-Pues claro, yo no sé porqué todo el mundo piensa que el cielo es una luz. No, hombre, no ¿Tú has visto alguna luz cegadora que sea buena? Si recuerdas cuando vivías, si mirabas al sol te quemabas los ojos, si veías una luz saliendo de un túnel era un tren que te podía atropellar, en fin, que el infierno es igual. Quiero decir, que es de fuego, y tanto fuego da mucha luz, así que habrán recibido a tu abuela con los brazos abiertos y por eso no salió. 
-¡Qué desconcertante!
-Para nada -dijo con seguridad y continuó desvelando secretos: -verás, en realidad el infierno es muy necesario, porque como en las nubes del cielo se está fresco y no hay mucha luz por cierto, necesitan del infierno para calentar el ambiente frío y húmedo, así que los pecadores se pasan la eternidad cargando paladas de carbón infernal, que viene a ser como el de la montaña asturleonesa pero con un toque interdimensional... Luci, uy, Lucí, es durilla, pero tiene buen fondo. Lucia Fernanda, como todo el mundo conoce aquí a Lucifer es intima de la Virgen María, que es quien maneja las riendas de todo porque administra la casa de Dios. Eso sí, es bien majetona la Mari... Pero me estoy desviando. Tú olvidate de tu abuela y gánate un puesto en las nubes, que estar en el infierno es muy sacrificado, o eso dicen, vamos, yo no lo sé porque me dejaron aquí a purgar el peyote y demás drogas raras que tomé, por eso soy Oráculo en sustitución de Edgar Allan Poe, que se pasó con la absenta, pero ahora ya se fue al cielo. En fin, tú busca la forma de ayudar a esa gente y, si lo consigues, olvidate de la luz, tú tira para arriba, como manda la tradición, hacia el cielo, todo oscuro para ahí para allá -dijo señalando a unas nubes de tormenta sin mirar para ellas -y ya te las verás con Pedrín.
-¿San Pedro?
-No, Pedrín, el perro de Hitler, que tuvo que aguantar muchas cosas y le hicieron un hueco. Ahora está de portero y le hemos dado unas vacaciones a San Pedro para que vea algo del cielo también, que estaba cansado de hacer guardias...
Y así fue como el Oráculo me convenció de que fuera a ayudar a Segismundo y familia, aunque todavía no tenía claro cómo lo haría. No obstante, me lancé a la nueva misión, cargado de esperanzas.
CONTINUARÁ



domingo, 22 de diciembre de 2013

Esclavistas del siglo XXI

Ayer fui al cine a ver 12 años de esclavitud y me sentía obligado a escribir unas letras.
Sobre la película, decir que es brutalmente buena, descarnada, cruda, desgraciadamente real, un trabajo magnífico.
Huelga decir que estoy en contra de todo tipo de esclavitud y la película me ha parecido una magnífica oportunidad para dar una vuelta de tuerca más para erradicar esta lacra de la historia humana.

Si nos vamos a la RAE lo primero que encontramos es: estado de esclavo, y más abajo, sujeción excesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación.
Se entiende por lo tanto que la esclavitud se produce solamente entre humanos y a mí me parece discutible.
Considero que la esclavitud es mucho más amplia y que se debería definir como la privación de la libertad de una forma de vida por parte de otra ¿Os imaginais que vinieran unos extraterrestres y nos llevaran a su planeta para darles leche, carne o compañía? ¿Os sentiríais libres o esclavos? 
Sinceramente, soy el primero que se come un buen chuletón cuando surge la ocasión, pero hay que ser consciente de que un trozo de carne fue parte de un ser que tuvo vida y muchas veces no olvidamos: hemos perdido el respeto por la naturaleza que hace miles de años teníamos, cosas de la industria. Hoy por hoy es algo necesario, pero creo que algunas fronteras deberían ser trazadas porque la moral nos lo exige.

Hace unos días tuve ocasión de leer un par de artículos, cuyos enlaces os copio a continuación, sobre algunas personas, por llamarlas de alguna forma, que se dedican al contrabando de perros, una especie animal que rara vez es un alimento para el ser humano (Quizá en Asia o África, pero no en la vieja Europa). 

http://www.alimentacioncanina.com/noticias/mas-de-120-cachorros-interceptados-por-el-seprona-buscan-acogida/
http://www.alimentacioncanina.com/noticias/venta-de-perros-de-raza-por-internet-y-en-tiendas/

Éstos piratas modernos hacen pasar a perros de Europa del Este por perros españoles y no han pasado los mismos controles sanitarios, suelen tener enfermedades (la rabia no está erradicada, por ejemplo) y se mueren muy frecuentemente a los pocos meses de ser comprados por sus amos. Es todo un negocio, ya que un perro que podría costar 1000 euros lo venden a mitad de precio. Un precio bastante alto aún, si tenemos en cuenta que el intermediario los adquiere a no más de 100 euros.
Estos perros se adquieren por internet o en la mayoría de las tiendas de animales y hasta importantes asociaciones españolas (la ACCE) están involucradas para hacer negocio con la esclavitud de estos perros... No me lo invento, lo dicen los artículos y es una investigación de la Guardia Civil.

Estos perros los compra gente que muchas veces tampoco sabe cómo cuidarlos, porque, si no saben educar a sus hijos ¿Cómo va a educar a un perro? Así que al cabo de un tiempo los abandonan, los maltratan, o ambas cosas. Y es que muchos no son conscientes de comprar una vida, un miembro más de la familia. No son conscientes de que esta vida tiene necesidades, requiere cuidados, no te permite realizar muchas actividades que normalmente harías si no tuvieras hijos o perros, pero ya no voy a entrar en la falta de educación o humanidad de quien compra una vida para abandonarla después.
Otras personas que si se preocupan por ellos viven un calvario por haber comprado un perro enfermo, sin saber el calvario por el que han pasado los animales para enriquecer a un grupo bastante grande de sinvergüenzas...

Lo que me gustaría es que, al menos las personas que lean mi opinión, tomen conciencia de que un perro merece ser tratado como un miembro más de la casa y no como una mascota de la que deshacerse cuando resulta inconveniente. De este modo, señores, señoras, dejen de comprar perros en tiendas o internet. Sean responsables y piensenlo bien, no contribuyan a la esclavitud de estos pequeños.

Ninguna persona merece ser esclava de otra... Los perros tampoco. Son nuestros mejores amigos en el mundo animal...  Diría que los únicos.
 


martes, 10 de diciembre de 2013

LA HERENCIA 5ª PARTE: la sorpresa

En anteriores episodios de La Herencia:
[...] No puedo alejarme de este mundo sin arreglar el tema de la herencia [...]
[...] nuestro objetivo era llamar su atención sin que supiera que eramos fantasmas en una misión.
-¡Ahhh! ¡Maldición! [...] ahora voy a hacerlo a las bravas.
-¿Estás segura?
-Sí, ha llegado la hora. Tenemos que aparecernos... 
-¡Uh! ¡Segismundo, despiertate! [...]
-¡Esperad, no os vayáis, que tenemos algo que deciros, no corráis!
-Oráculo ¿Qué podemos hacer?
-¡Moved una hoja de papel, un bolígrafo, un sobre y unos sellos y escribidle una carta [...]
Después de escribir la carta con mis poderes telequinésicos, me acerqué a un buzón y la eché para que los de correos hicieran el resto.
Desgraciadamente para nuestros intereses la carta tenía un código postal erróneo porque lo habían cambiado y fue devuelta, a ninguna parte, por supuesto.
-Pero que tonto eres -me dijo la abuela cuando se enteró: -era más fácil haberla puesto en el buzón de Segismundo directamente y, vas tú, y la echas a correos ¿A dónde la van a devolver ahora ? ¿Acaso pusiste en la dirección del remitente: calle del más allá o de las almas en pena? ¡Ay, ay, ay! ¡Que tenga que haberme tocado estar haciendo ésto con semejante mocoso ¡El daño que ha hecho la ESO!
-¡Ay, yaya Antima! ¡Dejalo ya! Si querías hacerlo de otra manera haber escrito tú la carta- le dije cansado de sus recriminaciones constantes.
-Eso es lo que haré -respondió ella: -escribiré otra, y esta vez me aseguraré que la lean. Como me llamo Antimia que irán a buscar mi testamento y las escrituras al árbol dichoso -y se puso manos a la obra.
Terminada la carta se dirigió a la casa de la familia de Segismundo y la colocó en el buzón de modo que al abrirlo la vieran.
Así fue, aunque tardaron una semana en abrir el buzón, que estaba lleno de publicidad del Carrefour, Mercadona y demás, pero lo importante es que la carta acabó en las manos del hijo de Segismundo, José, que le dijo a Marta, su mujer:
-Mira lo que pone aquí, Marta: dice que Antimia de Barrio Bajo dejó unas escrituras a nombre de mi padre debajo de un árbol en el que estuvieron hace muchas décadas y que su testamento nos sacará de nuestros problemas.
-¡Venga ya! -dijo ella mientras cogía la carta para leerla y decía: -¿Qué clase de broma es esta?
-No lo sé -respondió él, -pero tal como estamos, no perdemos nada si echamos un vistazo, no vaya a ser verdad y dejemos escapar una buena oportunidad de salir de la crisis.
-De acuerdo, vayamos a mirar.
Y ambos se fueron en busca del árbol con la ayuda de su padre, quien, pese al alzeimer, quizá podría recordar aquel lugar.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que la abuela estaba dibujando una extraña sonrisa y les seguía para asegurarse de que lo encontraban.
Cuando después de un par de horas encontraron el árbol y observaron que había un hueco tapado con una piedra, por el que se podía ver con una linterna una caja metálica, supieron que la carta era cierta.
Encontrado el cofre me dispuse a caminar hacia la luz y le dije a mi abuela:
-Por fin, ahora podremos irnos al cielo y seguro que seremos recibidos como héroes después de nuestra buena acción -dije lleno de orgullo, pero lo que sucedió a continuación bien pudiera haberme helado la sangre si hubiera tenido.
-No me iré hasta que no vea la cara que ponen.
-¿Qué? ¿De qué hablas?
-Siempre desee consumar mi venganza, pero no imaginaba que tendría que esperar a después de muerta para lograrlo.
¿Cómo? ¿De qué venganza hablas? Dime la verdad. No fastidies que me he quedado meses sin ir al cielo para ayudarte a hacer daño a esta gente que no tiene donde caerse muerta... Bueno, yo tampoco, pero ellos aún viven.
-Sí, sí, sí, te he engañado, como a todos ¿Y qué? Soy mala, siempre he sido mala, y entraré en el cielo porque soy más lista que Calixta, ya verás. Cuando estuve con Segismundo le estafé todo lo que pude, pero me denunció y consiguió que fuera a la cárcel durante varios años. Así que cuando salí siempre pensé en vengarme. La crisis hizo que toda la riqueza que amasé quedara hueca, pues todas las casas que ha heredado su familia tienen impagos, así que sólo heredaran una enorme deuda con el banco y las casas se las acabará quedando el banco. Perderán todo y tendrán que vivir como indigentes ¡Con Antimia de Barrio Bajo no se juega!
-Pero, abu, no puedes hacer eso ¡Eres mi abu, tienes que ser buena!
-Sé tu bueno y olvidame. Que yo tengo que verles sufrir un poco más y después me iré.
Después de eso, nos separamos, y yo quedé tan apenado que no quise acercarme a la luz por vergüenza de haber contribuido a aquella maldad digna del banquero más despreciable...
CONTINUARÁ

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA HERENCIA 4ª PARTE: haciendo acto de presencia

En anteriores episodios de La Herencia:
[...] No puedo alejarme de este mundo sin arreglar el tema de la herencia [...]
 -Hace, muchas décadas, [...] conocí a un hombre con el que tuve una relación sentimental.
[...] me dio gran parte de su riqueza con la condición de que se la devolviera [...] pero no lo hice [...]
[...] nuestro objetivo era llamar su atención sin que supiera que eramos fantasmas en una misión.
-¡Ahhh! ¡Maldición! [...] ahora voy a hacerlo a las bravas.
-¿Estás segura?
-Sí, ha llegado la hora. Tenemos que aparecernos...  

Las doce de la noche del día A, A de apariciones fantasmales en la casa de Segismundo.
Era el momento clave. La abuela había estado ensayando unos días para aparecerse correctamente, ya que al no ser corpórea corría el peligro de parecer una simple nube y, a saber lo que hubieran pensado, quizá hubieran llamado a Paco Maldonado para quejarse de la predicción del tiempo.
El caso es que, como yo era desconocido para Segismundo, decidimos que con un aparecido sería suficiente, así que la abuela se preparó a conciencia y una vez que su aparición podía ser reconocida como ella misma por los rasgos que tenía en vida, esperó a las doce y se fue a la habitación de Segismundo, que ya llevaba acostado desde las once.
-¡Uh! -Gimió la abuela para despertarle.
Sin embargo, aquel hombre era de los que una vez dormidos no hay forma humana de que despierten y como los gemidos los atribuía al vecino siguió roncando.
-¡Uh! ¡Segismundo, despiertate! -Insistió una y otra vez la abuela.
Desgraciadamente, el viejo sólo se dio la vuelta y siguió durmiendo, así que la abuela decidió utilizar la artillería pesada y se apareció durante la hora del telediario del día siguiente, cuando toda la familia estaba reunida en el almuerzo.
Segismundo, que fue el primero en verla, la miró fijamente, sorprendido, y finalmente dijo:
-¡Campanilla!
-Ya está tu padre otra vez con el alzeimer -dijo la mujer de José, el hijo del viejo, y concluyó: -Segismundo, acuerdese que no está en Nunca Jamás.
Sin embargo, el nieto miró hacia la abuela y la señaló, pegando un alarido que más me estremeció a mí que a sus padres. A continuación toda la familia salió despavorida del piso dejandonos allí mientras gritábamos:
-¡Esperad, no os vayáis, que tenemos algo que deciros, no corráis!
Viendo que nada de lo que intentábamos funcionaba, decidimos visitar al Oráculo, conocido en vida como Jim Morrison, que debido a la cantidad de drogas que consumía seguía colocado después de muerto y gozaba de una gran clarividencia.
-Señor Morrison, lo hemos intentado todo -le dijo la abuela mientras él repetía:
-Intentado todo.
-Lo del grifo, la aparición... - y Morrison volvía a repetir la terminación:
-Aparición...
-Oráculo ¿Qué podemos hacer?
-¿Hacer? -y al fin dijo cuando ya pensábamos que era inútil: -¿Hicisteis el curso de telequinesia?
-Sí, claro, era necesario para mover cosas -le dije yo.
-Mover cosas -repitió él.
La abu y yo nos miramos sin comprender las palabras enigmáticas de Morrison.
-¡Córcholis! -dijo al fin después de un rato de silencio: -¡Moved una hoja de papel, un bolígrafo, un sobre y unos sellos y escribidle una carta contando lo que queráis! ¡Tanto mover muebles e inundar casas y a nadie se le ocurre lo más sencillo...
Y así fue como encontramos la forma de que los hijos de Segismundo pudieran saber dónde estaban las escrituras de los pisos. Segismundo estaba ya muy anciano para disfrutar de las riquezas y el alzeimer no le dejaría recordar, pero al menos sus familiares directos podrían tener una buena vida.
Todo parecía indicar que pronto caminaríamos hacia la luz...
CONTINUARÁ

domingo, 1 de diciembre de 2013

LA HERENCIA 3ª PARTE: el difícil arte de contactar con los vivos

En anteriores episodios de La Herencia:
 -Oye abu, mira que nubes más bonitas todas moradas [...]
[...] nos estaban enterrando a los dos [...]
[...] No puedo alejarme de este mundo sin arreglar el tema de la herencia [...]
[...] nos apuntamos a clases particulares de telequinesia.
 -Hace, muchas décadas, [...] conocí a un hombre con el que tuve una relación sentimental.
[...] me dio gran parte de su riqueza con la condición de que se la devolviera [...] pero no lo hice [...]

Después de lograr aprobar por los pelos el curso de iniciación a la telequinesia, con la sensación de ser los amos del universo interdimensional, nos fuimos a casa de nuestro hombre, Segismundo, para intentar llamar su atención y conseguir que recibiera la herencia de la abuela, haciendo así justicia.
No podíamos asustarle demasiado para que no saliera corriendo, o le diera un ataque al corazón, pues en el curso aprendimos, que en España en vez de llamar a un médium se tiende a vender la casa y dejarle el marrón al que la compra, de modo que nuestro objetivo era llamar su atención sin que supiera que eramos fantasmas en una misión.
Segismundo vivía con su hijo y su nieto, así que, afortunadamente, había donuts en su casa para poder mover, algo que hacíamos con soltura después de tantas clases. Nos pusimos manos a la obra; escribimos con el pringue la  frase "debajo del árbol en el que nos conocimos está tu tesoro", pero la madre de Carlitos, el nieto de Segismundo, pensó que era una gracieta suya y le arreó una buena zotaina antes de limpiarlo todo, así que tuvimos que pensar en otra cosa.
Nuestra siguiente idea fue doblar los tenedores y cucharas para llamar la atención y, creo que ha sido la idea más estúpida que tuvimos, porque el culo de Carlitos acabó rojo como un tomate y se fueron a cenar fuera antes de comprar otra cubertería.
Visto que nos iba a resultar muy complicado avisarles decidimos empezar a radicalizar nuestros métodos: en clases particulares aprendimos a dar aullidos y empezamos todas las noches a partir de la medianoche a darlos, cuando el niño ya dormía, para que no le culparan a él. En lugar de eso, culparon al vecino, que resultó que era esquizofrénico y se pasaba las noches aullando, así que, después de varias noches así, probamos con el clásico método de abrir los grifos de agua caliente para escribir en los cristales.
-Abuela, si esto no funciona -le decía yo, -vamos a tener que empezar a hacer volar las cosas delante de ellos como en las películas.
-Calla, calla y sigue escribiendo a ver si estos pardillos se levantan de una vez, que a este ritmo les inundamos la casa y se mueren ahogados.
Y es que tanto tiempo estuvimos con el agua abierta, que el baño quedó anegado y salió por debajo de la puerta hasta el resto de las habitaciones. Llegó un momento que decidimos cerrar los grifos porque creíamos que los íbamos a matar, pero al fin, el hijo de Segismundo se despertó y viendo tanto vapor y agua, corrió al baño, pero miró a todos los sitios menos al espejo y lo único que os puedo decir que no sean expresiones irreproducibles fue:
-Me va a escuchar el fontanero.
-¡Ahhh! ¡Maldición! No puede ser -es imposible que no mire al espejo ¿Por qué no mira al espejo?
-Abuela, es que le hemos inundado la casa entera, el espejo no le importaba mucho.
-Ya me cansé, ahora voy a hacerlo a las bravas.
-No abuela, no, puedes matarles de un susto.
-Sí voy a hacerlo
-¿Estás segura?
-Sí, ha llegado la hora. Tenemos que aparecernos...
CONTINUARÁ
 



domingo, 24 de noviembre de 2013

LA HERENCIA 2ª PARTE: el negocio oculto de la abuela

En anteriores episodios de La Herencia:
[...] llegué a ser un gran ayudante de geriatría.
[...] un buen día me tocó cuidar a mi propia abuela [...]
-Oye abu, mira que nubes más bonitas todas moradas, tiene pinta de que igual llueve un poco.
[...] todo se volvió blanco y [...] nos estaban enterrando a los dos [...]
 -¡Serás frente chopo! [...] No puedo alejarme de este mundo sin arreglar el tema de la herencia. Ahora tendré que vagar hasta que se arregle y tu no podrás irte tampoco porque por tu culpa he dejado cosas sin hacer.

Los días pasaban, al igual que las noches, pero como somos fantasmas y nunca dormimos estábamos perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Prueba de ello es que antes tardaba un santiamén en levantar un brazo para mirar la hora y ahora me es imposible encontrarme los brazos porque no tengo, soy una lucecilla invisible, y si intento coger un reloj de pulsera, lo atravieso... 
Para llevar a cabo los planes de la abuela nos apuntamos a clases particulares de telequinesia, porque necesitamos mover cosas para llamar la atención y algunos otros muertos que llevan tiempo entre los mundos ayudan con sus conocimientos a los novatos. Tres años de muerto llevábamos en clases, es decir, unos seis meses en el computo de los vivos, y habíamos conseguido mover un donuts diez centímetros en media hora, pero aún no asustabamos a nadie, porque era tan despacio que todo el mundo creía que era el viento o la gravedad.
Tan lentos íbamos en los avances que no aguanté más y en en un derroche de valor le dije a la abuela:
-No puedo más. Me vas a tener qué contar porqué estamos aprendiendo a hacer estas cosas en vez de ir hacia la luz, que tengo ganas yo de ir a ver cosas mejores...
-Ay, Evaristo -me dijo, pues ese es mi nombre-, majo, tú me mataste y tú me vas a ayudar, pero ya que quieres saberlo te contaré la razón de nuestro esfuerzo sobrenatural...- y comenzó a contar una historia que me abriría los ojos de par en par si los tuviera.
-Hace, muchas décadas, antes de que tú nacieras, antes incluso de que tus padres nacieran y de que yo estuviera con el abuelo, a finales de los años cuarenta, cuando yo tenía veinte años, conocí a un hombre con el que tuve una relación sentimental.
-¿Erais amigos?
-Sí, bueno, como la chica que te gustaba a tí cuando se veía con el expresidiario a solas; esto, bueno, sigo. El caso es que este hombre era rico y mi familia pobre, pero él no podía casarse conmigo, porque su familia le habría desheredado. Yo le ofrecí realizar un negocio inmobiliario y para ayudarme, me dio gran parte de su riqueza con la condición de que se la devolviera cuando el negocio estuviera funcionando, pero no lo hice, y el dinero quedó escondido debajo de un árbol, debido a que me persiguieron y tuve que cambiarme de nombre para que no me robaran sus propios familiares con los que no tenía relación. Así pues, ese dinero permaneció oculto mientras este buen hombre quedó en la pobreza por ayudarme y nunca se lo he podido devolver. Pasado un tiempo lo invertí de nuevo en el mercado inmobiliario y ahora es el momento de que recoja el fruto de este trabajo el viejo Segismundo. Es el momento de darle las escrituras de sus posesiones. Así que céntrate en levantar cosas con la mente que pronto tendremos que conseguir que llamen a un médium en casa de Segismundo para que podamos decirle donde encontrar su riqueza...
-Está bien, abu, pero podías haber hecho un testamento como todo el mundo...
Y ella se hizo la loca respondiendo:
-Claro, y también podía haber votado al PP o al PSOE para que nos siguieran mangoneando...
Y en esas seguimos, entrenándonos para la gran batalla con los vivos, para que descubran que les queremos decir donde hay unas escrituras enterradas para enriquecer a quien todo lo perdió por amor.
CONTINUARÁ

jueves, 21 de noviembre de 2013

La Herencia. 1ª Parte: el buen samaritano

Reconozco que siempre he sido un poco desastre con la coordinación, patoso, si se quiere decir así, pero lo he suplido siempre con un gran corazón, honestidad y una buena dosis de humor.
Estas cualidades me permitieron dedicarme a diferentes tareas relacionadas con el trato humano, mientras descartaba otras como la charcutería, por ejemplo, ya que me habría clavado un cuchillo por accidente mientras cortaba filetes...
En fin, no sin gran esfuerzo llegué a ser un gran ayudante de geriatría. Acompañaba a los ancianos, tratando de que pasearan por calles, llanas a ser posible, sobre todo cuando iban en silla de ruedas, para que no se embalasen si yo les soltaba y terminaran estampándose contra el primer contenedor de basura que hubiera de camino, lección, por cierto, que aprendí en mi segundo día; en paz descanse doña Eustaquia.
En fin, como no había responsabilidad por mi parte, ya que mi padre pudo demostrar que la silla era defectuosa, pude seguir ejerciendo mi profesión y aprender cada día algo más de los ancianos y de su cuidado, hasta que un buen día me tocó cuidar a mi propia abuela.
La yaya Antimia estaba muy deteriorada por el paso del tiempo, pero había demostrado una resistencia sobrehumana a la muerte, huyendo a mil historias y aún más dolencias, y aunque se acercaba a los ochenta y cinco años y llevaba cuatro, casi cinco, en silla de ruedas, tenía la mente muy lúcida. Bien es cierto que apenas hablaba, más bien emitía sonidos guturales, y mostraba una buena dosis de mal carácter, pero, que puedo decir de ella siendo de mi sangre: se la quiere aunque sea un vegetal malhumorado y desdentado.
El caso es que aprovechaba para dar largos paseos con ella y le hablaba de mis cosas, y yo pensaba que le gustaba, porque en seguida parecía que quería hablar, así que yo seguía y seguía hablando, contándole que hay una chica que me gusta pero que tiene un novio que acaba de salir de la cárcel, que los amigos del colegio han progresado en sus vidas, porque hay un gran abanico de posibilidades laborales para los españoles, especialmente fuera de España, esos sí, esas cosas que se cuentan.
El caso es que una mañana acababamos de salir del geriátrico, cuando me quedé mirando a las nubes y le dije:
-Oye abu, mira que nubes más bonitas todas moradas, tiene pinta de que igual llueve un poco a un par de kilómetros.
-Jumm -pronunció ella mientras yo la tranquilizaba.
-No, no te preocupes abuela, aquí no lloverá, seguiremos caminando un poco más, bueno tu no; y después ya nos vamos al geriátrico.
-Jumm -volvió a exclamar.
El caso es que minutos después todo el cielo estaba morado y empezó a llover, por lo que decidí regresar, Cada vez llovía más y más, y la silla de ruedas no tenía capota, ni yo paraguas, así que aceleré, antes de que la empapadura llevara a mi abuela a enfermar. 
Entonces, todo se volvió blanco y lo siguiente que recuerdo es que nos estaban enterrando a los dos. A mi lado tenía a la abuela y, bueno, debía estar algo enfadada conmigo porque no hacía más que gritarme:
-¡Tonto, tonto, tonto, pero mira que eres tonto! ¡Que no veías la tormenta y tuviste que ir hacia ella! ¡Eres muy tontooo!
Y yo pensando que cuando uno se muere ya no siente ni padece. Si tuviera oídos me estarían pitando, no una eternidad, diecisiete, porque no sabéis el tostón que es aguantar al fantasma de la abuela, que cuando era muda no daba problemas y la silla se aparcaba en cualquier lado, pero ahora es como un taladro y lo peor es que da igual que me encierre en cualquier sitio para intentar huir de ella, porque como es un fantasma atraviesa las paredes y sigue gritando:
-¡Serás frente chopo! ¡Ay! ¡Qué desgracia más grande! ¡Toda la vida pensando que era bien lista y me salió un nieto tonto! ¡Y encima no hacía el tío más que aburrirme con la niña idiota que se lía con presidiarios...
-¡Ya basta, abuela! -le dije- ¡Que estamos muertos y ya no nos duele nada! ¡Debemos ir hacia la luz, que la veo allí, detrás de aquella farola! ¡Donde hay un perro meando -pero ella me respondió:
-No puedo alejarme de este mundo sin arreglar el tema de la herencia. Ahora tendré que vagar hasta que se arregle y tu no podrás irte tampoco porque por tu culpa he dejado cosas sin hacer.
Y tan mal me hizo sentir, que ahora tengo que aguantarla día tras día, mientras planeamos la forma de avisar a alguien vivo para que puedan ayudarnos con una herencia de la que jamás había oído hablar, y entonces, sólo entonces, quedaremos liberados de nuestra pesada carga, e iremos hacia la luz detrás de la farola que huele mal...
CONTINUARÁ 

lunes, 11 de noviembre de 2013

El cilindro de agua


Cuatro mil lubinas daban vueltas dentro de un cilindro de cristal lleno de agua de mar constantemente, sin saber a dónde iban. Todas se dirigían en el sentido de las agujas del reloj, como si una fuerza las impulsara hacia el futuro, para ganar tiempo al tiempo en su carrera hacia la siguiente vuelta, siempre adelante, sin jamás estresarse, porque no recordaban de dónde venían, ni a dónde iban; sólo que sus compañeras estaban al lado, recorriendo su mismo camino, quizá compartiendo su destino, y todas debían hacer lo mismo, porque el instinto les decía que no debían separse para protejerse de los depredadores, sin recordar que no estaban en el mar a la vista de los peces más grandes. Tan sólo tenían tiempo para pensar:
-Que hoy no me toque a mí, que se coman a otra lubina, sigue a delante, que algo de comida aparecerá, no debo separme del resto.
Y cada cierto tiempo los cuidadores del cilindro les echaban algo con lo que alimentarse, saciando a las cuatro mil lubinas durante un tiempo, mientras ellas seguían su camino sin jamás recordar ni tan siquiera haber comido un par de vueltas más allá.
Entonces, una noche oscura entre vuelta y vuelta algo cambió. De entre las cuatro mil una de las lubinas, que había recibido una mutación que le permitió desarrollar cierta inteligencia, tan sólo una, se preguntó:
-¿Hacia dónde vamos? Las sombras que se ven ahí fuera me resultan familiares, diría que estoy dando vueltas y quisiera nadar en otra dirección, quisiera encontrar una vida mejor. Aquí no hay más depredadores que los dos cuidadores que se asoman a tirarnos comida y, de cuando en cuando, se llevan a unas cuantas de nosotras y las sustituyen por otras ¿Por qué he de rendir cuentas y hacer lo que le viene mejor a esos seres malvados, que nos dan de comer para engordarnos y sacarnos después para alimentarse de nosotras?
Entonces observó que sus compañeras seguían haciendo lo mismo mientras se decían:
-Que hoy no me toque a mí, que se coman a otra...
Comprendió que sus compañeras nunca harían nada para cambiar algo, pues, la excusa de estar juntas sólo servía para protegerse con el cuerpo de las demás, y no para defenderse juntos de las amenazas. Si ella no hacía nada al respecto, ninguna de sus compañeras lo haría. 
Entonces, dejó de nadar.
-¿Qué haces? Me estreso, me estreso ¿Qué haces? Sigue nadando...- empezaron a protestar las demás, que siguieron con sus preocupaciones, en la misma dirección de siempre mientras la lubina valiente gritaba:
-Esperad, compañeras, escuchadme...
-Pero nadie se paró y comenzaron a tropezar unas con otras, produciéndose una gran confusión en la que nuestra valiente lubina recibió tantos golpes por las compañeras que la atropellaban, que finalmente murió, y fue a parar a la superficie de donde los cuidadores la sacaron al día siguiente. En sus últimos instantes la pena la carcomió, sabiendo que el destino de su especie siempre sería el mismo, servir de alimento a sus cuidadores, algo que ninguna lubina estaría dispuesta a cambiar.
Sin embargo, una idea quedó sembrada en la mente de algunas lubinas, que empezaron a plantearse cómo podrían salir de allí...
Cilindro de lubinas de Loro Parque, Tenerife


Así es este gran cilindro llamado España, en el que nuestros cuidadores banqueros, sindicatos y políticos, se alimentan de nosotros sin poner su poder económico, su vagancia y su partitocracia en riesgo, dándonos unas migajas para tenernos atados, mientras los españoles decimos estar hartos, pero sin jamás dejar de nadar y plantar cara realmente, pensando en las cosas que supuestamente tenemos que perder, sin preocuparnos de los compañeros que nadan a nuestro lado, porque lo único que nos importa es que no nos toque a nosotros y pensamos que algo malo habrá hecho el compañero para merecer sus desgracias, y si en realidad no hizo nada, tampoco importa, porque los demás siguen dando vueltas y haciendo chistes... o diciendo frases como:
-Es que todo está muy mal, madrecita que me quede como estoy-. Eso, cuando no intentamos hundirla nosotros por pura envidia.
Y me pregunto:
¿Dejaremos que una lubina inteligente llegue a cambiar las cosas si está preparada para hacerlo o, por el contrario, nosotros mismos la atropellaremos para que todo siga igual en nuestro cilindro de agua salada?
Necesitamos una nueva generacíon de personas en el poder que cambien las cosas, que no piensen en el interes del partido, en subvenciones estatales o de otros países, intereses partidarios de regiones, o riquezas personales, si no en el interés general. Necesitamos que alguien nos de ejemplo, porque, no os engañeis, la clase política, es un espejo de nosotros mismos, y lo que odiamos ver en ellos es la parte de nosotros que nos perdonamos, porque el mundo es para "listos"; tantos chorizos hay en el poder como los hay en las clases más bajas. Si no, tomaros la molestia de dejar de nadar un momento, lubinas, y mirad alrededor. 
Es hora pensar y buscar caminos para mejorar, para que podamos dejar un camino sólido a las generaciones futuras, y no lleno de parches como hasta ahora, parches que habrá que arreglar con tu dinero una y otra vez.

jueves, 31 de octubre de 2013

Un puente en el infierno



Aprovechando que hoy es Halloween he decidido escribir esta historia terrorífica, que lo es más si se piensa que los hechos que se cuentan a continuación fueron reales y no producto de mi imaginación. Mi propuesta para esta noche es una... Indigestión.

 Se advierte que hay fotografías más abajo que pueden herir la sensibilidad del espectador


Siempre quise ir a África para estudiar la fauna autóctona mientras realizaba mis trabajos de arquitectura, pero jamás pensé que la vida salvaje de este lugar me arrebataría el sueño para el resto de mis días.
Pero disculpen, no me he presentado. Mi nombre es Patterson, John Henry, y soy coronel del imperio británico a pesar de haber nacido en Irlanda.
Mucho podría contarles sobre mi vida: que soy protestante, que amo a mi mujer, que me gusta el buen whiskey, como a todo irlandés que se precie, pero no se me recordará por mi vida en sociedad, si no por vivir la más atroz de las pesadillas.
En marzo de 1898 fui comisionado por la British East Africa Company para la construcción de un puente sobre un río de Kenia y hacia allá me dirigí dispuesto a cumplir mi cometido a la par que disfrutaba de alguna cacería de cuantas especies encontrase en mi camino. He de reconocer que cuando servía en la India me destaqué como gran cazador de tigres, así que la idea de terminar de decorar las paredes de mi casa con las pieles y cabezas de las piezas que cobrara en África me resultaba de lo más atractiva, influido por los gustos de los miembros de la Real Sociedad Geográfica y la alta sociedad victoriana de Londres.
Había imaginado grandes extensiones de terreno de pasto para los antílopes y demás especies que cohabitan en estas latitudes, pero el lugar que rodeaba al río Tsavo resultó ser espinoso, lleno de matorrales que no permitían admirar la sabana que se extendía más allá, complicando mi idea inicial de dedicarme a la caza en los ratos libres. Me vi obligado, por el contrario, a dedicarme de lleno a mi labor, ayudado por cientos de trabajadores collies, de procedencia hindú, que yo mismo contraté por su bajo coste, como es obvio.
Me contó uno de mis ayudantes de etnia kamba que, en su lengua, Tsavo significa lugar de matanza, porque en esta región se producían combates contra las tribus masai, y que entre sus costumbres estaba la de abandonar a sus muertos en el campo para que los carroñeros terminaran con sus restos, lo que a mí me pareció grotesco y me produjo una gran repulsión, pero no le di más importancia en ese momento, ni al hecho de que pasara por allí una ruta de esclavos, ni que a nuestro alrededor la sequía y la enfermedad hubieran mermado a muchas especies, quedando sólo búfalos y algunos leones atrevidos de extraordinario tamaño que pretendían cazarlos, leones extraños a decir verdad, no sólo por su tamaño, ysí por la carencia de melena en los machos, lo que me hizo pensar en la posibilidad de que se tratara en realidad de una subespecie de leones, pero no tengo suficientes pruebas como para comprobarlo a día de hoy.
Sin embargo, en el campamento todo seguía con normalidad, de espaldas al dolor de la población local y a la vida salvaje, pues contábamos con la protección de los medios y suministros que nos proporcionaba la British East Africa Company, especialmente yo por ser el director de la construcción.
Yo tampoco escuché nada. He de reconocer que no me enteré de nada la noche en que todo comenzó a los pocos días de mi llegada. Todo fue rápido, silencioso, extraordinariamente medido, y al amanecer empezaron los gritos. En seguida salí a ver de qué se trataba y uno de los capataces me informó de que uno de sus hombres había sido brutalmente descuartizado y parcialmente devorado, presumiblemente por un león.
Enseguida descubrí que la víctima había sido arrastrada desde su tienda fuera del campamento, ya muerta, quizá asfixiada, o como consecuencia del primer mordisco en la garganta, como acostumbran a cazar los leones, pero lo que encontré cuando seguí los restos de sangre jamás lo olvidaré: los restos de ese desgraciado estaban esparcidos en los alrededores del campamento, como si estuvieran marcando el terreno como suyo.
En aquel momento decidí organizar una batida para acabar con el asesino de aquel muchacho, pero después de todo el día no encontré ni rastro de la fiera, así que volví al campamento con los hombres y les obligué a reanudar los trabajos en el puente.
Ese ha sido el error más imperdonable de toda mi vida, porque al olvidar mi humanidad, pensando en la pérdida de un día de trabajo por un simple trabajador muerto y no en la seguridad de mis hombres, animé a las bestias a volver a por más. Tiempo me costó comprenderlo. Tuve que despojarme de mi orgullo victoriano para saber que así fue.
Dios mío, murieron más de ciento treinta trabajadores e indígenas locales en los meses siguientes, devorados por dos leones machos jóvenes de un gran tamaño Los trabajos se paralizaron a pesar de las presiones que recibía de la compañía y nada sirvió.
Primero decidí colocar un cerco de espinos alrededor, pero los leones lo sorteaban, y seguían entrando, arrastraban a las víctimas fuera del campamento, a veces muertas, otras veces se podían escuchar los gritos de terror de las víctimas cuando eran arrastradas aún vivas, justo antes de que empezaran a devorarlos.
Eran asesinos de hombres que no tenían interés en comer demasiado de sus presas. Eso nunca lo he comprendido. No sé porqué lo harían, quizá les resultaba fácil y viendo que la comida sobraba, decidieron no saciarse con cada persona que asesinaban. Pero el caso es que siempre esparcían los restos alrededor del campamento, como si quisieran quitarnos nuestra dignidad como especie, como si atentaran a la pirámide alimenticia instaurarse en el peldaño más alto que sólo a nosotros corresponde ocupar.
Cuando me puse manos a la obra ya habían muerto decenas de personas de las poblaciones locales y varios trabajadores. Idee trampas, cambié la enfermería de lugar, pero estos leones no eran normales, era como si se anticiparan a mis movimientos, y siempre se escapaban a mis intentos de matarlos.
Los trabajadores, cada vez más hostiles hacia mi gestión de la situación, pararon las obras y se fueron, culpándome de que los espíritus malignos que ocupaban los cuerpos de los leones hubieran llegado al mismo tiempo que yo me hice cargo de la obra. Les pusieron por nombre Fantasma y Oscuridad.
Decidido a cazarlos, viví mil y una peripecias que casi me cuestan la vida en infinidad de ocasiones hasta que, por fin, el 9 de diciembre, acabé con el primer león.
El segundo cayó tres semanas después, justo a tiempo de que no me matara cuando estaba herido, arrastrándose para llegar hasta mí, hasta que al fin murió a unos pocos palmos de mi cuerpo.
Y ahora están aquí, bajo mis pies, como vulgares alfombra, y sin embargo no me quito de la cabeza la maldad y el dolor que representan. Aún me visitan en sueños.
Es por ello que los cederé a un museo de Chicago, y también la razón de que ahora sea vegetariano. La carne me trae malos recuerdos.
Aunque mis errores costaron vidas, la población local y los trabajadores me perdonaron. Hasta me obsequiaron una taza de plata conmemorativa, que siempre ha sido mi más preciado trofeo. Este regalo me recuerda todos los días que aquellas gentes tienen el mismo derecho a vivir que yo, independientemente de su origen y condición. Fantasma y Oscuridad me lo hicieron ver de la forma más horrenda. Nunca podré quitarme de la cabeza sus miradas ensangrentadas, aquellos días en que levanté un puente en el infierno.

Aunque esta historia sucedió de verdad, hay que destacar que el hecho de que algunos leones hayan matado humanos de vez en cuando no nos da derecho a exterminar a toda la especie. En los últimos 30 años la población de leones en África ha descendido de 130000 a 30000 (aproximadamente). Conviene concienciarse para salvar a estos felinos, o pronto estarán en peligro de extinción. No olvidemos que el mayor depredador que existe es el hombre y que el hombre es quien más hombres mata. 
Deseo que disfruten de estas fotografías de leones guardando su presa después de una cacería. Naturaleza salvaje en estado puro. Tomadas en Etosha, Namibia.






 Fotografía tomada cerca de Victoria Falls, Zimbabwe. Leonas de 18 meses

domingo, 20 de octubre de 2013

El hombre de la máscara. (Parte del Capítulo XII de El Monje de Hierro)



 Aprevechando que se acerca la noche de Halloween os desvelo unas páginas en las que presento a un personaje aterrador. Confieso además que me divertí mucho escribiendo estas palabras. Confío en que le resulten al lector, inquietantes como poco...

[...]
Era fantasmal la noche que mantenía en vilo el corazón de Montrose, recordándole aquel día en que siendo niño vio morir a un hombre electrocutado por un rayo, carbonizado al instante, y creyó ver en la sombra de la tempestad a la muerte enseñándole el significado de la fobia. De aquel miedo a las tormentas del que nunca se recuperó surgió una duda, la cuestión, cuándo y cómo se presentaría la señora de la guadaña para él: quizá disfrazada en forma de fenómeno atmosférico, quizá de otro modo igualmente natural, o quizá en forma humana.
Luchando contra sus temores James Graham observó durante un largo periodo de tiempo la lluvia que golpeaba contra la ventana de sus aposentos en el palacio, embotado en sus negros pensamientos cuando un relámpago iluminó el jardín durante un instante efímero, apenas un segundo que le permitió ver sobre el césped de su propiedad la figura firme y espectral, insultante, de un hombre con una máscara brillante que le causó el más profundo pavor.
En seguida, la luz se consumió haciendo desaparecer aquel espectro a la par que todo quedaba nuevamente a oscuras en la noche, mientras el trueno que siguió al fenómeno hacía retumbar los cristales, y hubiera jurado que también los cimientos de la casa se estremecieron, por no mencionar los de su corazón.
Hizo memoria tratando de encontrar alguna explicación lógica a la fantasmal silueta, al tiempo que oteaba angustiado en todas direcciones, amargado porque la horrenda aparición hubiera escogido tan intempestiva noche para aparecer de entre las brumas de su pasado ¿Se trataba acaso de la muerte que venía a buscarle? ¿Acaso un diablo al que no recordaba haber vendido su alma a cambio de cumplir sus ambiciosos sueños de poder? ¿Quizá sería tan solo un hombre con una máscara reluciente y ropas tan oscuras como la entrada al infierno? En cualquier caso, eran temibles todas las opciones, pues, en el fondo ¿Qué hay más horrendo al margen de lo desconocido que lo más recóndito y oscuro de la propia mente humana? Pero, la noche era ya cerrada y nada se distinguía en la negrura. Ante aquella realidad sólo quedó la resignación de la espera a que cualquier cosa que existiera en su jardín, de este mundo o del otro, apareciera nuevamente ante sus ojos durante un instante breve, el tiempo en que un nuevo relámpago iluminase nuevamente el exterior de la vieja mansión de Montrose.
La inquieta espera por descubrir lo desconocido tardó unos instantes que parecieronle siglos, mas cuando al fin el cielo se iluminó nuevamente ninguna figura encontró al otro lado del cristal de la ventana de su habitación y, sin embargo, la ausencia de mal alguno no hubo de tranquilizarle.
Toc, toc, toc. Dio un respingo, sobresaltado, al sentir que alguien golpeaba su puerta con los nudillos. Molesto de que no hubieran terminado las sorpresas gritó Graham, asustado, confuso, forzado y con cierta fingida altivez:
—¡Mensajero de desgracia, nadie te ha llamado!
—Discúlpeme, Su Gracia —respondió una voz al otro lado de la puerta, que reconoció enseguida, sin dudar, pues era su hombre de confianza, su viejo y fiel mayordomo que no le habría importunado si no tuviera una buena razón para hacerlo, si bien, le había alarmado y por esa razón pensó en contestarle con mayor descortesía de la que ya había demostrado al achacar su llamada a un supuesto desconocido que caminaba bajo la lluvia por sus jardines. Lo pensó mejor y sólo respondió:
—Pase, Smith.
La puerta se abrió apareciendo tras ella quien imaginaba que sería, con cierto gesto de avergonzada condolencia por la respuesta primera que recibió del Duque a la vez que por la hora en que se atrevía a presentarse sin haber sido llamado. Le reverenció con timidez y se disculpó nuevamente:
—Siento la intromisión, a estas horas, pues nada más lejos de mi intención era molestar el descanso de Vuestra Gracia.
—Aún no me había acostado —le respondió condescendiente a la par que tranquilo de verle a él y no al ente o persona que creyó ver en el jardín—, pero dígame, señor Smith ¿Qué desea?
—Se trata de una extraña visita que tiene el rostro cubierto por una máscara —el alma del Duque se retorció dentro de su cuerpo produciéndole un nudo en la garganta mientras el mayordomo seguía hablando—; asegura ser un viejo conocido suyo y pretende ser recibido sin dilación.
—Se habrá usted negado ¿No?
—Por supuesto, me he negado arguyendo que no son horas y que lo cortés, en estos casos, es pedir audiencia mañana, a la luz del día, y no aparecer así, de improvisto en semejante noche. Pero el hombre ha insistido, aunque no ha querido confiarme la razón de tan repentina visita por más que le haya preguntado. Ante mis negativas me ha dado un trozo de tartán que parece propiedad de un montañés y me ha pedido que se lo entregue a Vuestra Gracia, asegurándome que, al verlo, sabría al instante de qué se trata, por lo que le concedería audiencia de inmediato. Al final he creído que podría tratarse de algún asunto relevante, dado la insistencia, y por ello he preferido avisarle en vez de arriesgarme a esperar a mañana.
Unos instantes dudó el Duque. Si la muerte fuera, ya habría entrado sin pedir permiso y si se trataba de la persona que sospechaba que podría ser, poco o nada le serviría postergar aquel embarazoso momento, complicando las cosas más si cabe, conociendo su carácter vengativo, por lo que accedió a reconocer el trozo de tela que Smith le había llevado:
—Ha obrado bien. Permítame, pues, examinar el paño en cuestión.
El mayordomo le entregó un jirón de tartán, viejo y sucio, sin costuras, con cuadros de varios tonos azules y negros y franjas rojas de diferentes grosores que los cruzaban en vertical y en horizontal, al igual que alguna línea blanca paralela a las franjas rojas. Después de observarlo unos instantes reconoció los colores del clan MacDonell de Glengarry y sus sospechas quedaron confirmadas. Jadeó ulcerado por el profundo malestar que aquel trozo de tartán le provocaba y le dijo a su mayordomo:
—Está bien, haga pasar al caballero. Le recibiré en esta misma sala, mas despierte al capitán Hopkins y que doble la guardia.
—Así se hará, Milord —el mayordomo se alejó después de reverenciarle y quedó Graham solo, inquieto. Se dirigió de nuevo al ventanal mientras se preguntaba por qué habría vuelto, después de tantos meses de ausencia en que nada se supo de él, sin mencionar el asunto de la máscara, no menos inquietante que su presencia. Entretanto observó un instante más la tormenta que asolaba inclemente sus tierras, al igual que el tiempo pasa y no perdona a nadie y cuando se va no vuelve. Cerró los ojos y suspiró.
Clac, escuchó tras de sí, era el pestillo de la puerta que se cerraba y se volvió. Allí estaba la figura espectral que temía encontrar y que había creado años atrás él mismo, por una jugada extraña del destino que ahora parecía volverse contra él. Era aquella la única de sus creaciones que le producía pesadillas, el único error del que se arrepentía: haber proporcionado una forma humana a la muerte.
El hombre permaneció en silencio durante unos instantes mientras observaba con atención al Duque. Estaba asustado, podía sentirlo, lo olía; rezumaba pavor ante su presencia y se complació, halagado, dibujando una sonrisa macabra que Graham no pudo ver por estar velada tras la inquietante máscara dorada.
El Duque observaba intranquilo a un hombre que vestía de lujoso luto, sujetando un tricornio con las manos enguantadas, quizá por habérselo quitado, como requisito cortés de Smith para que le permitiera subir a su encuentro. A los hombros, caía una larga capa del mismo color que el resto de sus ropas, capa larga de cuello alto, que podría haberle tapado el rostro si lo hubiera necesitado en una noche intempestiva como aquella, pero no, aquel no era su caso, pues la máscara dorada cubría su rostro insensibilizándolo del exterior. Ésta era extraña, grotesca, una réplica de los rasgos de una cara que aparentemente sonreía, mas, bien observada, era una mueca sardónica exaltada por los brillos dorados de un material, que lejos de iluminar algo de su funesta imagen, producía más bien escalofríos, como si estuviera ante un alma errante que buscara algún desdichado para acompañarle en su lento caminar por el mundo de los muertos. Montrose tragó saliva y al fin la figura habló con voz firme y rota:
—Padre, os saludo —y le hizo una efusiva reverencia que por excesiva rayó el sarcasmo. [...]