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miércoles, 22 de enero de 2014

El Mariscal que se fue de España

"Las memorias son comúnmente tan tediosas al principio, por el recital de genealogías, accidentes insignificantes acaecidos durante la infancia, y relaciones minuciosas (apenas en condiciones de ser contadas al más intimo amigo), que no sólo resultan desinstructivas para el lector, sino también repugnantes para aquellos que desean emplear su tiempo de forma útil. Deberé, por lo tanto, empezar por la muerte de la Reina Ana, momento en el cual era joven, 17 años de edad, y era capaz de juzgar un poco el estado del Reino de Escocia y las inclinaciones de sus gentes..."
James Keith: A Fragment of a Memoir of Field-Marshal James Keith, written by Himself, 1714-1734; edited by Thomas Constable for the Spalding Club. Edinburgh, 1843

Así comienzan las memorias de uno de los mayores cerebros militares del siglo XVIII, el Mariscal de Campo al servicio de Prusia James Edward Francis Keith y, a título personal, considero que este comienzo debería ser grabado a fuego en la frente de todo aquel que sigue la oferta televisiva del orden de Gran Hermano, Corazón Corazón, Sálvame y demás bazofia rosa o basura mediática en general, que ha sido creada para moldear el carácter conformista de sus televidentes mediante un velo de entretenimiento.

James Keith es uno de los personajes secundarios de mi libro, El Monje de Hierro, aunque en varios capítulos se convierte en personaje principal al igual que su hermano, George Keith, el Conde Marischal.
Como tantos otros en Escocia era presbiteriano, pero supo dejar la religión a un lado y se comportó como un gran patriota, declarándose ferviente jacobita, razón por la que fue perseguido por los diferentes gobiernos del recién creado Reino Unido (La unión de Inglaterra y Escocia se aprobó en 1707 pese a la amplia mayoría de población escocesa, contraria a la pérdida de su independencia).
Pero hoy no me voy a detener en los acontecimientos que se relatan en mi libro para no desvelar sorpresas que podrían sonar más a novelescas que a históricas y que cuento tal cual las vivieron sus protagonistas y, que diablos, al fin y al cabo, El Monje de Hierro es una novela, histórica, pero novela.
Voy a ir más allá, al momento posterior, cuando arribó a España por segunda vez después de mil y una peripecias.
Después de su llegada a Madrid en julio de 1720 se presentaron los hermanos Keith ante el Ministro de la Guerra, Miguel Duran, para pedir que se hiciera efectiva la patente que les había sido concedida por los servicios prestados a la Corona de España durante el Levantamiento de 1719. Desgraciadamente las patentes las habían destruido ellos mismos cuando fueron detenidos en Sedan, para que no les incriminaran y les condujeran directos a la horca acusados de alta traición al Rey Jorge I de Inglaterra.
El depuesto Ministro Alberoni había mantenido estas comisiones en secreto ya que la operación era encubierta y cuando huyó del país por la puerta de atrás debió quemarlas con una gran cantidad de documentos que le hubieran podido llevar a la muerte y no al destierro. Por la ausencia de pruebas de estas comisiones no les fueron concedidas a los hermanos Keith aunque tenían derecho a ellas.
Al fin, después de meses en los que tuvieron que vivir de la caridad de algunos amigos, le fue concedido el grado de Coronel a James Keith, pero sin un puesto en regimiento alguno y el joven militar tuvo que sobrevivir como pudo, astiado y confundido, hasta que el Almirante George Cammock, al servicio del Rey Felipe, le acogió en su casa.
En 1721 el MInistro de la Guerra, Miguel Durán, fue encontrado culpable de malversar los fondos destinados a la campaña para defender Ceuta de los ataques moros de 1720, algo no muy diferente a lo que hoy en día sucede, y es que en España las cosas no han mejorado en tres siglos, perros diferentes con el mismo collar...
De este modo, James trató de sondear al nuevo Ministro, el Marqués de Castellar, y la situación no fue mejor con él.
Al final decidió marcharse de España en 1722 ante la falta de oportunidades cuando comprendió que siendo protestante nunca tendría un puesto de responsabilidad en las tropas del Rey Católico, y es aquí a donde quería llegar, porque esa triste realidad de un gran militar sigue repitiéndose una y otra vez en este país de pandereta. Un hombre apto, lleno de ganas y conocimientos, en España se pudo echar a perder, igual que se pierden tantas personas aptas porque no son primos de alguien, o no son pelotas, porque estaban paseando por el pasillo equivocado, o simplemente porque alguien de RRHH elijió su nombre al azar. 
Así es que grandes profesionales se pierden mientras otros muchos que son mediocres se agarran a sus sillas y agachan las cabezas para quedarse, madrecita, como están, porque no dan para más o, en el caso de que sí puedan darlo, sepan que no van a tener una oportunidad para mejorar. Y eso sucede en la política, donde el nivel es bajo tirando a muy deficiente (El conocimiento del inglés debería estar entre los requisitos obligatorios para ocupar un puesto de responsabilidad en la administración, entre otras muchas cosas), tanto como en empresas, grandes o pequeñas: no importa que seas apto o no, sólo importa que estés en la media, que seas mediocre, que seas como todos, porque si destacas le caerás mal a alguien que te intentará pisar y seguramente lo conseguirá.
Qué les puedo decir que no sepan. James Keith volvió una vez más a España cuando se intentaba recuperar Gibraltar en 1726, pero ya no quiso volver a servir a España cansado de que le ningunearan. Entró al servicio de Rusia primero y de Prusia después, y fue allí donde se convirtió en Gobernador de Berlín y en Mariscal de Campo siendo aún hoy recordado en Alemania por sus grandes dotes militares. 
James Keith murió en el campo de batalla de Hochkirch, durante la Guerra de los Siete años.
Un gran hombre que se merecía de mi este pequeño homenaje. Pudo haber sido un gran general español, pero por motivos ajenos a sus aptitudes terminó en Prusia. Una lástima, como cada día que se enciende el telediario en este santo país, donde nunca cambia nada.


File:Generalfeldmarschall Keith (Pesne).jpg
James Edward Francis Keith, 1696-1758

jueves, 16 de enero de 2014

LA HERENCIA. 7ª PARTE: EL CONCIERTO

En anteriores episodios de La Herencia:
[...] la abuela estaba dibujando una extraña sonrisa y les seguía para asegurarse de que lo encontraban.
-Siempre desee consumar mi venganza, pero no imaginaba que tendría que esperar a después de muerta para lograrlo [...] Les he destrozado la vida [...] 
[...] el Oráculo me convenció de que fuera a ayudar a Segismundo y familia, aunque todavía no tenía claro cómo [...]

Las tres de la mañana, hora cero. Me dirigí a la casa de Segismundo, donde todos estaban despiertos sin saber muy bien que hacer ante la debacle bancaria que tenían ante sus ojos. 
Pensando que nada es lo que parece, según lo declarado por el Oráculo, caí en la cuenta de que esas escrituras tampoco tendrían por qué significar un problema si la providencia se ponía de nuestra parte. 
Conseguí comprobar que una herencia se puede rechazar, de modo que era obvio que no la aceptarían y que cualquier abogado les pondría en contacto con un notario para deshacerse de aquellos pisos endeudados y como no se trataba de familiares directos nadie les pondría inconveniente alguno. Pero ¿Se podría voltear la situación para que Segismundo y su familia pudieran recibir lo que otros le habían quitado? 
Decidí comprobar las posesiones que componían la herencia en busca de alguna idea.
Todas las casas estaban vacías menos una, la más antigua, un viejo caserío lleno de aperos y muebles de escaso valor. No parecía que la situación se arreglaría con los objetos de la casa. Me detuve frente a un cuadro mientras pensaba. Lo observé. Parecía una niña tocando el piano frente a otras personas. Siempre fui un gran apasionado del arte en el cole y esa obra me recordaba a las antiguas pinturas de los holandeses del siglo XVII. Eso me fue lo que me ayudó a darme cuenta de que aquel no era un cuadro cualquiera. Decidí buscar más cuadros y encontré otros doce. En total eran trece, los trece cuadros que habían robado años atrás en Boston y que tenían una recompensa de 5 millones de dolares dos de ellos y algunos millones más el resto.
Los trece juntos suponían una riqueza incalculable sólo por devolverlos. Sin duda la abuela Antimia no sabía de arte y aunque estaban en su poder los cuadros, quizá nunca supo que los tenía ya que por aquella casa debieron pasar muchos malhechores y, de alguna manera, fueron a parar allí.
Con el dinero de la recompensa, la familia de Segismundo pagaría el valor de las casas y aún tendría riqueza para vivir bien el resto de sus días.
Así que me puse manos a la obra para que comprendieran que tenían la solución en una de las propias casas que parecían ahogarles.
Siguiendo las enseñanzas de Jim Morrison, el Oráculo, escribí unas notas para ponerles en la pista. Y esta vez funcionó a la primera.
La familia de Segismundo devolvió los cuadros, pagó las deudas y su vida cambió mientras la abuela se revolvía de rabia eternamente entre los fogones de María Fernanda.
¿Que que estoy haciendo aquí en vez de ir hacia el cielo? Bueno, es que he encontrado trabajo. Dada mi bondad, mayor que mi despiste, según palabras textuales de la Mari y la Divina Trinidad, han pensado que puedo dedicarme a esto de ayudar y ahora soy tu ángel de la guarda, así que hazme el favor de ponérmelo fácil y no me hagas antimiadas...
FINAL

Vermeer The concert.JPG
El concierto, de Johannes Veerner.
Cuadro robado en marzo de 1990.
Ojalá algún día lo recuperen