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jueves, 31 de octubre de 2013

Un puente en el infierno



Aprovechando que hoy es Halloween he decidido escribir esta historia terrorífica, que lo es más si se piensa que los hechos que se cuentan a continuación fueron reales y no producto de mi imaginación. Mi propuesta para esta noche es una... Indigestión.

 Se advierte que hay fotografías más abajo que pueden herir la sensibilidad del espectador


Siempre quise ir a África para estudiar la fauna autóctona mientras realizaba mis trabajos de arquitectura, pero jamás pensé que la vida salvaje de este lugar me arrebataría el sueño para el resto de mis días.
Pero disculpen, no me he presentado. Mi nombre es Patterson, John Henry, y soy coronel del imperio británico a pesar de haber nacido en Irlanda.
Mucho podría contarles sobre mi vida: que soy protestante, que amo a mi mujer, que me gusta el buen whiskey, como a todo irlandés que se precie, pero no se me recordará por mi vida en sociedad, si no por vivir la más atroz de las pesadillas.
En marzo de 1898 fui comisionado por la British East Africa Company para la construcción de un puente sobre un río de Kenia y hacia allá me dirigí dispuesto a cumplir mi cometido a la par que disfrutaba de alguna cacería de cuantas especies encontrase en mi camino. He de reconocer que cuando servía en la India me destaqué como gran cazador de tigres, así que la idea de terminar de decorar las paredes de mi casa con las pieles y cabezas de las piezas que cobrara en África me resultaba de lo más atractiva, influido por los gustos de los miembros de la Real Sociedad Geográfica y la alta sociedad victoriana de Londres.
Había imaginado grandes extensiones de terreno de pasto para los antílopes y demás especies que cohabitan en estas latitudes, pero el lugar que rodeaba al río Tsavo resultó ser espinoso, lleno de matorrales que no permitían admirar la sabana que se extendía más allá, complicando mi idea inicial de dedicarme a la caza en los ratos libres. Me vi obligado, por el contrario, a dedicarme de lleno a mi labor, ayudado por cientos de trabajadores collies, de procedencia hindú, que yo mismo contraté por su bajo coste, como es obvio.
Me contó uno de mis ayudantes de etnia kamba que, en su lengua, Tsavo significa lugar de matanza, porque en esta región se producían combates contra las tribus masai, y que entre sus costumbres estaba la de abandonar a sus muertos en el campo para que los carroñeros terminaran con sus restos, lo que a mí me pareció grotesco y me produjo una gran repulsión, pero no le di más importancia en ese momento, ni al hecho de que pasara por allí una ruta de esclavos, ni que a nuestro alrededor la sequía y la enfermedad hubieran mermado a muchas especies, quedando sólo búfalos y algunos leones atrevidos de extraordinario tamaño que pretendían cazarlos, leones extraños a decir verdad, no sólo por su tamaño, ysí por la carencia de melena en los machos, lo que me hizo pensar en la posibilidad de que se tratara en realidad de una subespecie de leones, pero no tengo suficientes pruebas como para comprobarlo a día de hoy.
Sin embargo, en el campamento todo seguía con normalidad, de espaldas al dolor de la población local y a la vida salvaje, pues contábamos con la protección de los medios y suministros que nos proporcionaba la British East Africa Company, especialmente yo por ser el director de la construcción.
Yo tampoco escuché nada. He de reconocer que no me enteré de nada la noche en que todo comenzó a los pocos días de mi llegada. Todo fue rápido, silencioso, extraordinariamente medido, y al amanecer empezaron los gritos. En seguida salí a ver de qué se trataba y uno de los capataces me informó de que uno de sus hombres había sido brutalmente descuartizado y parcialmente devorado, presumiblemente por un león.
Enseguida descubrí que la víctima había sido arrastrada desde su tienda fuera del campamento, ya muerta, quizá asfixiada, o como consecuencia del primer mordisco en la garganta, como acostumbran a cazar los leones, pero lo que encontré cuando seguí los restos de sangre jamás lo olvidaré: los restos de ese desgraciado estaban esparcidos en los alrededores del campamento, como si estuvieran marcando el terreno como suyo.
En aquel momento decidí organizar una batida para acabar con el asesino de aquel muchacho, pero después de todo el día no encontré ni rastro de la fiera, así que volví al campamento con los hombres y les obligué a reanudar los trabajos en el puente.
Ese ha sido el error más imperdonable de toda mi vida, porque al olvidar mi humanidad, pensando en la pérdida de un día de trabajo por un simple trabajador muerto y no en la seguridad de mis hombres, animé a las bestias a volver a por más. Tiempo me costó comprenderlo. Tuve que despojarme de mi orgullo victoriano para saber que así fue.
Dios mío, murieron más de ciento treinta trabajadores e indígenas locales en los meses siguientes, devorados por dos leones machos jóvenes de un gran tamaño Los trabajos se paralizaron a pesar de las presiones que recibía de la compañía y nada sirvió.
Primero decidí colocar un cerco de espinos alrededor, pero los leones lo sorteaban, y seguían entrando, arrastraban a las víctimas fuera del campamento, a veces muertas, otras veces se podían escuchar los gritos de terror de las víctimas cuando eran arrastradas aún vivas, justo antes de que empezaran a devorarlos.
Eran asesinos de hombres que no tenían interés en comer demasiado de sus presas. Eso nunca lo he comprendido. No sé porqué lo harían, quizá les resultaba fácil y viendo que la comida sobraba, decidieron no saciarse con cada persona que asesinaban. Pero el caso es que siempre esparcían los restos alrededor del campamento, como si quisieran quitarnos nuestra dignidad como especie, como si atentaran a la pirámide alimenticia instaurarse en el peldaño más alto que sólo a nosotros corresponde ocupar.
Cuando me puse manos a la obra ya habían muerto decenas de personas de las poblaciones locales y varios trabajadores. Idee trampas, cambié la enfermería de lugar, pero estos leones no eran normales, era como si se anticiparan a mis movimientos, y siempre se escapaban a mis intentos de matarlos.
Los trabajadores, cada vez más hostiles hacia mi gestión de la situación, pararon las obras y se fueron, culpándome de que los espíritus malignos que ocupaban los cuerpos de los leones hubieran llegado al mismo tiempo que yo me hice cargo de la obra. Les pusieron por nombre Fantasma y Oscuridad.
Decidido a cazarlos, viví mil y una peripecias que casi me cuestan la vida en infinidad de ocasiones hasta que, por fin, el 9 de diciembre, acabé con el primer león.
El segundo cayó tres semanas después, justo a tiempo de que no me matara cuando estaba herido, arrastrándose para llegar hasta mí, hasta que al fin murió a unos pocos palmos de mi cuerpo.
Y ahora están aquí, bajo mis pies, como vulgares alfombra, y sin embargo no me quito de la cabeza la maldad y el dolor que representan. Aún me visitan en sueños.
Es por ello que los cederé a un museo de Chicago, y también la razón de que ahora sea vegetariano. La carne me trae malos recuerdos.
Aunque mis errores costaron vidas, la población local y los trabajadores me perdonaron. Hasta me obsequiaron una taza de plata conmemorativa, que siempre ha sido mi más preciado trofeo. Este regalo me recuerda todos los días que aquellas gentes tienen el mismo derecho a vivir que yo, independientemente de su origen y condición. Fantasma y Oscuridad me lo hicieron ver de la forma más horrenda. Nunca podré quitarme de la cabeza sus miradas ensangrentadas, aquellos días en que levanté un puente en el infierno.

Aunque esta historia sucedió de verdad, hay que destacar que el hecho de que algunos leones hayan matado humanos de vez en cuando no nos da derecho a exterminar a toda la especie. En los últimos 30 años la población de leones en África ha descendido de 130000 a 30000 (aproximadamente). Conviene concienciarse para salvar a estos felinos, o pronto estarán en peligro de extinción. No olvidemos que el mayor depredador que existe es el hombre y que el hombre es quien más hombres mata. 
Deseo que disfruten de estas fotografías de leones guardando su presa después de una cacería. Naturaleza salvaje en estado puro. Tomadas en Etosha, Namibia.






 Fotografía tomada cerca de Victoria Falls, Zimbabwe. Leonas de 18 meses

domingo, 20 de octubre de 2013

El hombre de la máscara. (Parte del Capítulo XII de El Monje de Hierro)



 Aprevechando que se acerca la noche de Halloween os desvelo unas páginas en las que presento a un personaje aterrador. Confieso además que me divertí mucho escribiendo estas palabras. Confío en que le resulten al lector, inquietantes como poco...

[...]
Era fantasmal la noche que mantenía en vilo el corazón de Montrose, recordándole aquel día en que siendo niño vio morir a un hombre electrocutado por un rayo, carbonizado al instante, y creyó ver en la sombra de la tempestad a la muerte enseñándole el significado de la fobia. De aquel miedo a las tormentas del que nunca se recuperó surgió una duda, la cuestión, cuándo y cómo se presentaría la señora de la guadaña para él: quizá disfrazada en forma de fenómeno atmosférico, quizá de otro modo igualmente natural, o quizá en forma humana.
Luchando contra sus temores James Graham observó durante un largo periodo de tiempo la lluvia que golpeaba contra la ventana de sus aposentos en el palacio, embotado en sus negros pensamientos cuando un relámpago iluminó el jardín durante un instante efímero, apenas un segundo que le permitió ver sobre el césped de su propiedad la figura firme y espectral, insultante, de un hombre con una máscara brillante que le causó el más profundo pavor.
En seguida, la luz se consumió haciendo desaparecer aquel espectro a la par que todo quedaba nuevamente a oscuras en la noche, mientras el trueno que siguió al fenómeno hacía retumbar los cristales, y hubiera jurado que también los cimientos de la casa se estremecieron, por no mencionar los de su corazón.
Hizo memoria tratando de encontrar alguna explicación lógica a la fantasmal silueta, al tiempo que oteaba angustiado en todas direcciones, amargado porque la horrenda aparición hubiera escogido tan intempestiva noche para aparecer de entre las brumas de su pasado ¿Se trataba acaso de la muerte que venía a buscarle? ¿Acaso un diablo al que no recordaba haber vendido su alma a cambio de cumplir sus ambiciosos sueños de poder? ¿Quizá sería tan solo un hombre con una máscara reluciente y ropas tan oscuras como la entrada al infierno? En cualquier caso, eran temibles todas las opciones, pues, en el fondo ¿Qué hay más horrendo al margen de lo desconocido que lo más recóndito y oscuro de la propia mente humana? Pero, la noche era ya cerrada y nada se distinguía en la negrura. Ante aquella realidad sólo quedó la resignación de la espera a que cualquier cosa que existiera en su jardín, de este mundo o del otro, apareciera nuevamente ante sus ojos durante un instante breve, el tiempo en que un nuevo relámpago iluminase nuevamente el exterior de la vieja mansión de Montrose.
La inquieta espera por descubrir lo desconocido tardó unos instantes que parecieronle siglos, mas cuando al fin el cielo se iluminó nuevamente ninguna figura encontró al otro lado del cristal de la ventana de su habitación y, sin embargo, la ausencia de mal alguno no hubo de tranquilizarle.
Toc, toc, toc. Dio un respingo, sobresaltado, al sentir que alguien golpeaba su puerta con los nudillos. Molesto de que no hubieran terminado las sorpresas gritó Graham, asustado, confuso, forzado y con cierta fingida altivez:
—¡Mensajero de desgracia, nadie te ha llamado!
—Discúlpeme, Su Gracia —respondió una voz al otro lado de la puerta, que reconoció enseguida, sin dudar, pues era su hombre de confianza, su viejo y fiel mayordomo que no le habría importunado si no tuviera una buena razón para hacerlo, si bien, le había alarmado y por esa razón pensó en contestarle con mayor descortesía de la que ya había demostrado al achacar su llamada a un supuesto desconocido que caminaba bajo la lluvia por sus jardines. Lo pensó mejor y sólo respondió:
—Pase, Smith.
La puerta se abrió apareciendo tras ella quien imaginaba que sería, con cierto gesto de avergonzada condolencia por la respuesta primera que recibió del Duque a la vez que por la hora en que se atrevía a presentarse sin haber sido llamado. Le reverenció con timidez y se disculpó nuevamente:
—Siento la intromisión, a estas horas, pues nada más lejos de mi intención era molestar el descanso de Vuestra Gracia.
—Aún no me había acostado —le respondió condescendiente a la par que tranquilo de verle a él y no al ente o persona que creyó ver en el jardín—, pero dígame, señor Smith ¿Qué desea?
—Se trata de una extraña visita que tiene el rostro cubierto por una máscara —el alma del Duque se retorció dentro de su cuerpo produciéndole un nudo en la garganta mientras el mayordomo seguía hablando—; asegura ser un viejo conocido suyo y pretende ser recibido sin dilación.
—Se habrá usted negado ¿No?
—Por supuesto, me he negado arguyendo que no son horas y que lo cortés, en estos casos, es pedir audiencia mañana, a la luz del día, y no aparecer así, de improvisto en semejante noche. Pero el hombre ha insistido, aunque no ha querido confiarme la razón de tan repentina visita por más que le haya preguntado. Ante mis negativas me ha dado un trozo de tartán que parece propiedad de un montañés y me ha pedido que se lo entregue a Vuestra Gracia, asegurándome que, al verlo, sabría al instante de qué se trata, por lo que le concedería audiencia de inmediato. Al final he creído que podría tratarse de algún asunto relevante, dado la insistencia, y por ello he preferido avisarle en vez de arriesgarme a esperar a mañana.
Unos instantes dudó el Duque. Si la muerte fuera, ya habría entrado sin pedir permiso y si se trataba de la persona que sospechaba que podría ser, poco o nada le serviría postergar aquel embarazoso momento, complicando las cosas más si cabe, conociendo su carácter vengativo, por lo que accedió a reconocer el trozo de tela que Smith le había llevado:
—Ha obrado bien. Permítame, pues, examinar el paño en cuestión.
El mayordomo le entregó un jirón de tartán, viejo y sucio, sin costuras, con cuadros de varios tonos azules y negros y franjas rojas de diferentes grosores que los cruzaban en vertical y en horizontal, al igual que alguna línea blanca paralela a las franjas rojas. Después de observarlo unos instantes reconoció los colores del clan MacDonell de Glengarry y sus sospechas quedaron confirmadas. Jadeó ulcerado por el profundo malestar que aquel trozo de tartán le provocaba y le dijo a su mayordomo:
—Está bien, haga pasar al caballero. Le recibiré en esta misma sala, mas despierte al capitán Hopkins y que doble la guardia.
—Así se hará, Milord —el mayordomo se alejó después de reverenciarle y quedó Graham solo, inquieto. Se dirigió de nuevo al ventanal mientras se preguntaba por qué habría vuelto, después de tantos meses de ausencia en que nada se supo de él, sin mencionar el asunto de la máscara, no menos inquietante que su presencia. Entretanto observó un instante más la tormenta que asolaba inclemente sus tierras, al igual que el tiempo pasa y no perdona a nadie y cuando se va no vuelve. Cerró los ojos y suspiró.
Clac, escuchó tras de sí, era el pestillo de la puerta que se cerraba y se volvió. Allí estaba la figura espectral que temía encontrar y que había creado años atrás él mismo, por una jugada extraña del destino que ahora parecía volverse contra él. Era aquella la única de sus creaciones que le producía pesadillas, el único error del que se arrepentía: haber proporcionado una forma humana a la muerte.
El hombre permaneció en silencio durante unos instantes mientras observaba con atención al Duque. Estaba asustado, podía sentirlo, lo olía; rezumaba pavor ante su presencia y se complació, halagado, dibujando una sonrisa macabra que Graham no pudo ver por estar velada tras la inquietante máscara dorada.
El Duque observaba intranquilo a un hombre que vestía de lujoso luto, sujetando un tricornio con las manos enguantadas, quizá por habérselo quitado, como requisito cortés de Smith para que le permitiera subir a su encuentro. A los hombros, caía una larga capa del mismo color que el resto de sus ropas, capa larga de cuello alto, que podría haberle tapado el rostro si lo hubiera necesitado en una noche intempestiva como aquella, pero no, aquel no era su caso, pues la máscara dorada cubría su rostro insensibilizándolo del exterior. Ésta era extraña, grotesca, una réplica de los rasgos de una cara que aparentemente sonreía, mas, bien observada, era una mueca sardónica exaltada por los brillos dorados de un material, que lejos de iluminar algo de su funesta imagen, producía más bien escalofríos, como si estuviera ante un alma errante que buscara algún desdichado para acompañarle en su lento caminar por el mundo de los muertos. Montrose tragó saliva y al fin la figura habló con voz firme y rota:
—Padre, os saludo —y le hizo una efusiva reverencia que por excesiva rayó el sarcasmo. [...]

lunes, 14 de octubre de 2013

Capítulo X: Eilean Donan (Extracto de El Monje de Hierro)



[...] 

Mientras una partida de soldados se aventuraba en el interior en busca de ayuda y el grueso quedaba acampado en la cabecera del lago Duich con parte de los mosquetes, la guarnición del castillo vivía una vida tranquila en la que el aburrimiento era la nota más predominante. Durante las largas guardias reparaban en sonidos e imaginaban las más fantásticas procedencias de tales y, por absurdas que fueran, originaron historias de fantasmas que se hicieron populares entre los soldados que buscaban una forma de mantenerse despiertos en las largas noches de vigilia en aquellos muros, confundiendo el aullido del viento al romper contra los estrechos pasillos de piedra con voces de ultratumba y la caída de objetos empujados por el aire y la gravedad con la mano caprichosa del más allá.
—Ya sabéis que todos los castillos de Escocia tienen su fantasma —advirtió Ramiro de Ocaña al resto de sus compañeros.
—Ya ¡Toma! ¡Y en España! ¿No sabéis que en El Escorial camina aún la sombra de Felipe II? —replicó el joven Alberto Núñez.
—Y un templario en el de Ponferrada, que se pasea por el recinto protegiendo sus ocultos tesoros, mientras espera encontrar a un vivo que le sustituya por siempre para que él pueda al fin descansar —intervino el bonachón berciano Jaime Vila con ganas de darle a la historia una vuelta de tuerca.
—Ya estamos ¡Ande ya! Señor Vila —se quejó Luis de Monforte, gallego y buen conocedor de las leyendas de los bosques de su tierra, sobre meigas, brujos, difuntos y encantamientos—, está usted mezclando churras con merinas. Se lo ha inventado y lo ha mezclado con la Santa Compaña.
—Igual da, señores —interrumpió Ramiro antes de que se iniciara una discusión que no llevara a ninguna parte—, el caso es que se lo escuché decir al sargento Mosquera, que lo escuchó a su vez de uno de los Mackenzie y, según cuentan los lugareños, este antiguo castillo fue construido sobre un asentamiento anterior, un pequeño monasterio construido para traer la palabra del Señor a los bárbaros que habitaban estas tierras y los vikingos lo destruyeron en una incursión. A lo que se ve, en el ataque mataron a un monje que trataba de evangelizar la zona armado con una Sagrada Biblia en una mano y un crucifijo en la otra.
—Eso explicaría lo de los aullidos de protesta, cuando Monforte se quejó ayer por no haber podido bajar a la capilla a rezar —todos asintieron, excepto uno que farfulló en bajo:
—Ya están estos tontos otra vez —pero nadie le escuchó.
—Sin embargo, yo supe de otra historia sobre uno de los alguaciles del clan MacRae quien, por lo visto, guardaba el castillo en nombre de los Mackenzie —todos miraron a Luis de Monforte esperando que contara otra de sus grandes historias—. Al parecer, este buen hombre se enamoró de una princesa normanda que acompañaba a su padre desde Escandinavia en una de sus invasiones y en un descuido de éste, la raptó y la trajo a estos muros. Su padre, al saberlo, fue en su busca, enfurecido, y se produjo una batalla para tomar el castillo y recuperar a la dama, pero el padre falleció en la disputa. Entonces, la princesa desconsolada juró odio eterno a su enamorado captor, que ante la tristeza del desamor decidió dejarla marchar y tan destrozado quedó por su ausencia que se quitó la vida para apaciguar el rencor de su amada —todos asintieron a la espera de que alguien contase más detalles. Pero intervino el que había farfullado groseramente contra ellos:
—Señores, lo único que yo he escuchado ha sido el viento al golpear de refilón las paredes y al estrecharse éstas, se producen esos silbidos. Si queréis pensar que el viento es un alma en pena que se pasea por el castillo día y noche, adelante, pero no se os aparecerá ningún ser del más allá que os invite a salir de vuestra ignorancia —todos miraron al incrédulo Miguel de Tormes, conocido por su mal carácter y sus contestaciones fuera de lugar.
—Su falta de fe y de respeto es preocupante, señor Tormes, y no debiera faltar a sus compañeros con tanta asiduidad y facilidad —dijo Alberto Núñez, molesto por las afirmaciones sobre su cultura, más que por su coherente raciocinio.
—Y su falta de inteligencia también, señor Núñez. No he de disculparme si alguien se ha sentido ofendido, pues la verdad no ha de ser motivo de ofensa y sí la estupidez al buen juicio —la contestación hizo que todos se pusieran en pie en previsión de una pelea, mientras los dos soldados empezaban a retarse con la mirada.
—Curioso. Pone en duda mi inteligencia un hombre que con su humor quisquilloso y su mala educación se ha ganado la enemistad de todo el cuerpo. Su madre debe estar orgullosa de usted, señor Tormes —afirmó Núñez sarcásticamente, mientras la tensión iba creciendo hasta que el malhumorado cascarrabias se puso en pie al escuchar la mención sobre su madre, decidido a iniciar las hostilidades antes de que su adversario pudiera responderle:
—Al menos yo la conocía, al contrario que usted —y se lanzó sobre él, golpeándole en la mandíbula antes de que pudiera reaccionar, haciéndole caer sobre la mesa que detrás estaba. Después, continuó golpeando a su contrincante hasta que los presentes intervinieron para separarle golpeando al insolente Tormes.
El capitán Álvaro de Quintana se encontraba en la sala contigua y escuchó el tumulto; cogió su bastón y corrió hacia la puerta que comunicaba las dos salas para saber lo que estaba aconteciendo; observó la situación y gritó:
—Ocaña ¿Qué es este alboroto? —Ramiro se volvió antes de sacar el puño para golpear de nuevo a Tormes y le contestó, mientras se erguía para cuadrarse:
—Estábamos hablando tranquilamente y el señor Tormes ha vuelto a insultarnos y ha empezado a golpear a Núñez. Nosotros le separábamos.
Observó el capitán que se había llevado una buena tunda en la separación Miguel de Tormes, que aprovechó el parón para intentar incorporarse mientras sus ojos iracundos buscaban revancha en el rostro de alguno de sus compañeros. Temiendo que la pelea continuara en cuanto él se alejara, decidió dar un escarmiento que todos pudieran ver. Se acercó a Miguel y le golpeó con la punta de su vara en la boca del estómago con la mayor fuerza que pudo, dejándolo sin respiración.
Tormes emitió un sonido gutural mientras hincaba las rodillas en el suelo y arqueó su cuerpo de dolor. Entonces, el capitán le golpeó nuevamente en la espalda con el bastón y él se desplomó, fulminado por un dolor tan agudo que no fue capaz de gritar por no llegarle suficiente aire a los pulmones, ni tener fuerza para hacerlo.
—Ustedes dos, atiendan a Núñez —ordenó el capitán a Ramiro de Ocaña y a Jaime Vila—. En cuanto a usted Tormes, irá al muro oeste de inmediato y permanecerá de guardia hasta nueva orden, y que no me entere yo de que se duerme o arma bronca de nuevo, porque le prometo que le azotaré personalmente y le despellejaré la espalda con cada latigazo hasta que le saque la mala sangre que lleva dentro ¿Me he expresado con suficiente claridad? —le preguntó al soldado, que apenas podía respirar aún.
—Sí,… sí.
—Sí ¿Qué? —respondió al soldado, mirándole fijamente a los ojos.
—Sí, mi capitán. A sus, a sus órdenes —pudo decir de forma entrecortada.
—Está bien —miró al resto de soldados de la sala —señores, denle algo de beber y cuando pueda respirar que suba a sustituir al señor Pérez, y que no me entere yo de un sólo altercado más ¿Entendido?
—Sí, mi capitán —respondieron todos.
—Bien, pues que no se repita —el oficial se dirigió entonces hacia la salida de la estancia, pero antes de abandonarla se frenó, miró las paredes del recinto y se volvió para decirles algo más—; y dejen en paz a los muertos. Respétenlos en silencio —y después salió.
Todos miraron a Tormes mientras trataba de recuperar el aliento en el momento en que salían de la sala Ramiro y Jaime Vila con Alberto Núñez en sus brazos, que había recibido duros golpes sin apenas tener la oportunidad de responder.
—Te viene al pelo —le dijo Ocaña a Tormes.
—Aguafiestas —le dijo Vila a continuación.

Miguel de Tormes miró al resto, que seguían examinándole con desagrado, hasta que al final le ayudaron a levantarse para que se preparara para su larga guardia. [...]

 Fotografías de Eilean Donan. Abril de 2010.
El castillo fue reconstruído a comienzos del siglo XX a partir de los planos originales.
Cuando los españoles lo defendían en 1719 lo vieron así....