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jueves, 16 de enero de 2014

LA HERENCIA. 7ª PARTE: EL CONCIERTO

En anteriores episodios de La Herencia:
[...] la abuela estaba dibujando una extraña sonrisa y les seguía para asegurarse de que lo encontraban.
-Siempre desee consumar mi venganza, pero no imaginaba que tendría que esperar a después de muerta para lograrlo [...] Les he destrozado la vida [...] 
[...] el Oráculo me convenció de que fuera a ayudar a Segismundo y familia, aunque todavía no tenía claro cómo [...]

Las tres de la mañana, hora cero. Me dirigí a la casa de Segismundo, donde todos estaban despiertos sin saber muy bien que hacer ante la debacle bancaria que tenían ante sus ojos. 
Pensando que nada es lo que parece, según lo declarado por el Oráculo, caí en la cuenta de que esas escrituras tampoco tendrían por qué significar un problema si la providencia se ponía de nuestra parte. 
Conseguí comprobar que una herencia se puede rechazar, de modo que era obvio que no la aceptarían y que cualquier abogado les pondría en contacto con un notario para deshacerse de aquellos pisos endeudados y como no se trataba de familiares directos nadie les pondría inconveniente alguno. Pero ¿Se podría voltear la situación para que Segismundo y su familia pudieran recibir lo que otros le habían quitado? 
Decidí comprobar las posesiones que componían la herencia en busca de alguna idea.
Todas las casas estaban vacías menos una, la más antigua, un viejo caserío lleno de aperos y muebles de escaso valor. No parecía que la situación se arreglaría con los objetos de la casa. Me detuve frente a un cuadro mientras pensaba. Lo observé. Parecía una niña tocando el piano frente a otras personas. Siempre fui un gran apasionado del arte en el cole y esa obra me recordaba a las antiguas pinturas de los holandeses del siglo XVII. Eso me fue lo que me ayudó a darme cuenta de que aquel no era un cuadro cualquiera. Decidí buscar más cuadros y encontré otros doce. En total eran trece, los trece cuadros que habían robado años atrás en Boston y que tenían una recompensa de 5 millones de dolares dos de ellos y algunos millones más el resto.
Los trece juntos suponían una riqueza incalculable sólo por devolverlos. Sin duda la abuela Antimia no sabía de arte y aunque estaban en su poder los cuadros, quizá nunca supo que los tenía ya que por aquella casa debieron pasar muchos malhechores y, de alguna manera, fueron a parar allí.
Con el dinero de la recompensa, la familia de Segismundo pagaría el valor de las casas y aún tendría riqueza para vivir bien el resto de sus días.
Así que me puse manos a la obra para que comprendieran que tenían la solución en una de las propias casas que parecían ahogarles.
Siguiendo las enseñanzas de Jim Morrison, el Oráculo, escribí unas notas para ponerles en la pista. Y esta vez funcionó a la primera.
La familia de Segismundo devolvió los cuadros, pagó las deudas y su vida cambió mientras la abuela se revolvía de rabia eternamente entre los fogones de María Fernanda.
¿Que que estoy haciendo aquí en vez de ir hacia el cielo? Bueno, es que he encontrado trabajo. Dada mi bondad, mayor que mi despiste, según palabras textuales de la Mari y la Divina Trinidad, han pensado que puedo dedicarme a esto de ayudar y ahora soy tu ángel de la guarda, así que hazme el favor de ponérmelo fácil y no me hagas antimiadas...
FINAL

Vermeer The concert.JPG
El concierto, de Johannes Veerner.
Cuadro robado en marzo de 1990.
Ojalá algún día lo recuperen

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