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jueves, 21 de noviembre de 2013

La Herencia. 1ª Parte: el buen samaritano

Reconozco que siempre he sido un poco desastre con la coordinación, patoso, si se quiere decir así, pero lo he suplido siempre con un gran corazón, honestidad y una buena dosis de humor.
Estas cualidades me permitieron dedicarme a diferentes tareas relacionadas con el trato humano, mientras descartaba otras como la charcutería, por ejemplo, ya que me habría clavado un cuchillo por accidente mientras cortaba filetes...
En fin, no sin gran esfuerzo llegué a ser un gran ayudante de geriatría. Acompañaba a los ancianos, tratando de que pasearan por calles, llanas a ser posible, sobre todo cuando iban en silla de ruedas, para que no se embalasen si yo les soltaba y terminaran estampándose contra el primer contenedor de basura que hubiera de camino, lección, por cierto, que aprendí en mi segundo día; en paz descanse doña Eustaquia.
En fin, como no había responsabilidad por mi parte, ya que mi padre pudo demostrar que la silla era defectuosa, pude seguir ejerciendo mi profesión y aprender cada día algo más de los ancianos y de su cuidado, hasta que un buen día me tocó cuidar a mi propia abuela.
La yaya Antimia estaba muy deteriorada por el paso del tiempo, pero había demostrado una resistencia sobrehumana a la muerte, huyendo a mil historias y aún más dolencias, y aunque se acercaba a los ochenta y cinco años y llevaba cuatro, casi cinco, en silla de ruedas, tenía la mente muy lúcida. Bien es cierto que apenas hablaba, más bien emitía sonidos guturales, y mostraba una buena dosis de mal carácter, pero, que puedo decir de ella siendo de mi sangre: se la quiere aunque sea un vegetal malhumorado y desdentado.
El caso es que aprovechaba para dar largos paseos con ella y le hablaba de mis cosas, y yo pensaba que le gustaba, porque en seguida parecía que quería hablar, así que yo seguía y seguía hablando, contándole que hay una chica que me gusta pero que tiene un novio que acaba de salir de la cárcel, que los amigos del colegio han progresado en sus vidas, porque hay un gran abanico de posibilidades laborales para los españoles, especialmente fuera de España, esos sí, esas cosas que se cuentan.
El caso es que una mañana acababamos de salir del geriátrico, cuando me quedé mirando a las nubes y le dije:
-Oye abu, mira que nubes más bonitas todas moradas, tiene pinta de que igual llueve un poco a un par de kilómetros.
-Jumm -pronunció ella mientras yo la tranquilizaba.
-No, no te preocupes abuela, aquí no lloverá, seguiremos caminando un poco más, bueno tu no; y después ya nos vamos al geriátrico.
-Jumm -volvió a exclamar.
El caso es que minutos después todo el cielo estaba morado y empezó a llover, por lo que decidí regresar, Cada vez llovía más y más, y la silla de ruedas no tenía capota, ni yo paraguas, así que aceleré, antes de que la empapadura llevara a mi abuela a enfermar. 
Entonces, todo se volvió blanco y lo siguiente que recuerdo es que nos estaban enterrando a los dos. A mi lado tenía a la abuela y, bueno, debía estar algo enfadada conmigo porque no hacía más que gritarme:
-¡Tonto, tonto, tonto, pero mira que eres tonto! ¡Que no veías la tormenta y tuviste que ir hacia ella! ¡Eres muy tontooo!
Y yo pensando que cuando uno se muere ya no siente ni padece. Si tuviera oídos me estarían pitando, no una eternidad, diecisiete, porque no sabéis el tostón que es aguantar al fantasma de la abuela, que cuando era muda no daba problemas y la silla se aparcaba en cualquier lado, pero ahora es como un taladro y lo peor es que da igual que me encierre en cualquier sitio para intentar huir de ella, porque como es un fantasma atraviesa las paredes y sigue gritando:
-¡Serás frente chopo! ¡Ay! ¡Qué desgracia más grande! ¡Toda la vida pensando que era bien lista y me salió un nieto tonto! ¡Y encima no hacía el tío más que aburrirme con la niña idiota que se lía con presidiarios...
-¡Ya basta, abuela! -le dije- ¡Que estamos muertos y ya no nos duele nada! ¡Debemos ir hacia la luz, que la veo allí, detrás de aquella farola! ¡Donde hay un perro meando -pero ella me respondió:
-No puedo alejarme de este mundo sin arreglar el tema de la herencia. Ahora tendré que vagar hasta que se arregle y tu no podrás irte tampoco porque por tu culpa he dejado cosas sin hacer.
Y tan mal me hizo sentir, que ahora tengo que aguantarla día tras día, mientras planeamos la forma de avisar a alguien vivo para que puedan ayudarnos con una herencia de la que jamás había oído hablar, y entonces, sólo entonces, quedaremos liberados de nuestra pesada carga, e iremos hacia la luz detrás de la farola que huele mal...
CONTINUARÁ 

2 comentarios:

  1. Ay cuanto me reí!!!!! Perdón ya sé que estáis muertos pero es que no lo he podido evitar… Que conste que me das un poco de pena porque aguantar a una abuela que no se calla ni muerta tiene tela, pero todo sea por la herencia… que por cierto no sé si te das cuenta de que ya no vas a catar nada por culpa de una inoportuna tormenta morada, jajajajaja

    Besos.

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  2. ¡Ay! Es el destino de todo español: luchar para que otros se hagan ricos... Ejem ;)

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