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martes, 1 de octubre de 2013

Extracto del Capítulo V: El pleito de la señora Phillis

Desvelando algunos trapos sucios de la monarquía inglesa que le costaron caro a los españoles...


[...] Ya se disponía a contestarle, para animarle con las novedades que alumbraban su camino hacia el trono de Inglaterra cuando llegaron los hermanos Keith[1] con quien había concertado aquella reunión informal para despedirse, y decidió postergar la correspondencia hasta que la visita quedara despachada.

Les recibió de buen grado y fingió seguir con su vida normalmente, como si no fuera a salir de París al día siguiente. Les contó las desafortunadas noticias que Jacobo le había trasladado y ambos quedaron tan consternados como él.

—Es una infamia que el Emperador y el Elector de Hannover se conchaben en un acto tan ruin —declaró James Keith, el menor de los dos.

—Así es. Con lo que nos había costado encontrar una joven con el patrimonio suficiente para sostener nuestra causa —reconoció pragmático Ormonde—. Es vital que Jacobo se case y tenga descendencia para prolongar la dinastía. Conociendo al Elector de Hannover no es descabellado pensar que pueda sufrir un atentado, y si Jacobo muere, nuestras esperanzas se irán con él ¡Debe celebrarse el matrimonio! ¡Ah! —exclamó indignado—. Es una desgracia que nuestros planes hayan llegado a oídos del Elector porque cuando supo de la boda, Clementina se convirtió en el objetivo de sus espías y viendo lo que  hace con su exmujer no se puede esperar mucho de él.
—Disculpe mi ignorancia, Excelencia —dijo Marischal y admitió—, pero no conozco bien los detalles de esa historia.
—Verán, señorías, el Elector de Hannover no es un hombre decente —empezó a contar Ormonde—: no tiene especial interés por los sentimientos, al contrario, se casó con su prima[2] para mantener la unidad territorial de Luneburgo. Pero una vez conseguido su objetivo, su madre y él la despreciaron por ser hija natural del Duque Jorge Guillermo de Brunswick, aunque él la había reconocido como hija y se casó con su madre. La boda del Elector fue un interesante acuerdo político y un calvario sentimental para ambos, pero poco más le importó esa pobre mujer, de modo que, aparte de perpetuar su dinastía con un par de vástagos, siempre ha preferido pasar su tiempo con su amante, mientas su esposa educaba a sus hijos. En fin, harta Dorotea de la vida que llevaba y de las infidelidades de su marido, encontró el amor en un conde sueco[3] que la convenció de fugarse con él; por dos veces lo intentó, pero fue descubierta, y cuando amenazó a Jorge con el escándalo, éste encargó el asesinato del conde a varios de sus cortesanos, a cambio de ciento cincuenta mil táleros de plata.
—¡Madre mía! Con esa cantidad se puede comprar un reino ¡Qué barbaridad y qué indignante! —exclamó James Keith.
—Desmesurado, caprichoso, brutal, todo es cierto y se queda corto, pero el joven conde acabó flotando en las aguas del río Laine. Y esto lo sabían los espías ingleses y, por lo tanto, también el Gobierno.
—¿El Parlamento sabía que el futuro Rey era un desalmado, capaz de asesinar a sangre fría y, aún así, le prefirieron antes que a Jacobo? —se escandalizó George Keith.
—Así es, Marischal —ratificó Butler—; El caso es que, lejos de terminar con su barbarie, acusó a su esposa de haberlo abandonado y disolvió el matrimonio, obviando las infidelidades de ambos y las conveniencias económicas. La encarceló en el castillo de su ciudad natal y nunca más ha permitido que vea a sus hijos, ni a su padre, ni que se vuelva a casar para mantener la unidad del Electorado. Ya debe llevar veinte años presa.
—¡Uf! ¡Qué desagradable asunto! —exclamó Marischal.
          —Así que, si trata con tanta crueldad a la madre de sus hijos ¿Cómo va a  permitir que una muchacha rica se case con el aspirante a su trono? Al Elector no le importan las personas más allá de lo que puedan ofrecerle ¡Pero si ni siquiera sus hijos le quieren! El Elector ha estado removiendo el infierno y la tierra para impedir la boda y convenció al Emperador para que la raptase al llegar a sus dominios, cuando viajara a Roma para casarse; incluso ha comprado la opinión de sus consejeros, y a cambio de esta fechoría ha cedido a las pretensiones del Emperador sobre Italia y ha provocado una guerra con España con la excusa de la invasión de Sicilia, obviando que ha pertenecido al Rey de España los últimos quinientos años. [...]


[1] George, Decimo Conde de Marischal, y James, ambos fieles jacobitas.
[2] Sofía Dorotea de Brunswick-Laneburgo.
[3] Philipp Christoph Konigsmark.

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