Visitas

domingo, 20 de octubre de 2013

El hombre de la máscara. (Parte del Capítulo XII de El Monje de Hierro)



 Aprevechando que se acerca la noche de Halloween os desvelo unas páginas en las que presento a un personaje aterrador. Confieso además que me divertí mucho escribiendo estas palabras. Confío en que le resulten al lector, inquietantes como poco...

[...]
Era fantasmal la noche que mantenía en vilo el corazón de Montrose, recordándole aquel día en que siendo niño vio morir a un hombre electrocutado por un rayo, carbonizado al instante, y creyó ver en la sombra de la tempestad a la muerte enseñándole el significado de la fobia. De aquel miedo a las tormentas del que nunca se recuperó surgió una duda, la cuestión, cuándo y cómo se presentaría la señora de la guadaña para él: quizá disfrazada en forma de fenómeno atmosférico, quizá de otro modo igualmente natural, o quizá en forma humana.
Luchando contra sus temores James Graham observó durante un largo periodo de tiempo la lluvia que golpeaba contra la ventana de sus aposentos en el palacio, embotado en sus negros pensamientos cuando un relámpago iluminó el jardín durante un instante efímero, apenas un segundo que le permitió ver sobre el césped de su propiedad la figura firme y espectral, insultante, de un hombre con una máscara brillante que le causó el más profundo pavor.
En seguida, la luz se consumió haciendo desaparecer aquel espectro a la par que todo quedaba nuevamente a oscuras en la noche, mientras el trueno que siguió al fenómeno hacía retumbar los cristales, y hubiera jurado que también los cimientos de la casa se estremecieron, por no mencionar los de su corazón.
Hizo memoria tratando de encontrar alguna explicación lógica a la fantasmal silueta, al tiempo que oteaba angustiado en todas direcciones, amargado porque la horrenda aparición hubiera escogido tan intempestiva noche para aparecer de entre las brumas de su pasado ¿Se trataba acaso de la muerte que venía a buscarle? ¿Acaso un diablo al que no recordaba haber vendido su alma a cambio de cumplir sus ambiciosos sueños de poder? ¿Quizá sería tan solo un hombre con una máscara reluciente y ropas tan oscuras como la entrada al infierno? En cualquier caso, eran temibles todas las opciones, pues, en el fondo ¿Qué hay más horrendo al margen de lo desconocido que lo más recóndito y oscuro de la propia mente humana? Pero, la noche era ya cerrada y nada se distinguía en la negrura. Ante aquella realidad sólo quedó la resignación de la espera a que cualquier cosa que existiera en su jardín, de este mundo o del otro, apareciera nuevamente ante sus ojos durante un instante breve, el tiempo en que un nuevo relámpago iluminase nuevamente el exterior de la vieja mansión de Montrose.
La inquieta espera por descubrir lo desconocido tardó unos instantes que parecieronle siglos, mas cuando al fin el cielo se iluminó nuevamente ninguna figura encontró al otro lado del cristal de la ventana de su habitación y, sin embargo, la ausencia de mal alguno no hubo de tranquilizarle.
Toc, toc, toc. Dio un respingo, sobresaltado, al sentir que alguien golpeaba su puerta con los nudillos. Molesto de que no hubieran terminado las sorpresas gritó Graham, asustado, confuso, forzado y con cierta fingida altivez:
—¡Mensajero de desgracia, nadie te ha llamado!
—Discúlpeme, Su Gracia —respondió una voz al otro lado de la puerta, que reconoció enseguida, sin dudar, pues era su hombre de confianza, su viejo y fiel mayordomo que no le habría importunado si no tuviera una buena razón para hacerlo, si bien, le había alarmado y por esa razón pensó en contestarle con mayor descortesía de la que ya había demostrado al achacar su llamada a un supuesto desconocido que caminaba bajo la lluvia por sus jardines. Lo pensó mejor y sólo respondió:
—Pase, Smith.
La puerta se abrió apareciendo tras ella quien imaginaba que sería, con cierto gesto de avergonzada condolencia por la respuesta primera que recibió del Duque a la vez que por la hora en que se atrevía a presentarse sin haber sido llamado. Le reverenció con timidez y se disculpó nuevamente:
—Siento la intromisión, a estas horas, pues nada más lejos de mi intención era molestar el descanso de Vuestra Gracia.
—Aún no me había acostado —le respondió condescendiente a la par que tranquilo de verle a él y no al ente o persona que creyó ver en el jardín—, pero dígame, señor Smith ¿Qué desea?
—Se trata de una extraña visita que tiene el rostro cubierto por una máscara —el alma del Duque se retorció dentro de su cuerpo produciéndole un nudo en la garganta mientras el mayordomo seguía hablando—; asegura ser un viejo conocido suyo y pretende ser recibido sin dilación.
—Se habrá usted negado ¿No?
—Por supuesto, me he negado arguyendo que no son horas y que lo cortés, en estos casos, es pedir audiencia mañana, a la luz del día, y no aparecer así, de improvisto en semejante noche. Pero el hombre ha insistido, aunque no ha querido confiarme la razón de tan repentina visita por más que le haya preguntado. Ante mis negativas me ha dado un trozo de tartán que parece propiedad de un montañés y me ha pedido que se lo entregue a Vuestra Gracia, asegurándome que, al verlo, sabría al instante de qué se trata, por lo que le concedería audiencia de inmediato. Al final he creído que podría tratarse de algún asunto relevante, dado la insistencia, y por ello he preferido avisarle en vez de arriesgarme a esperar a mañana.
Unos instantes dudó el Duque. Si la muerte fuera, ya habría entrado sin pedir permiso y si se trataba de la persona que sospechaba que podría ser, poco o nada le serviría postergar aquel embarazoso momento, complicando las cosas más si cabe, conociendo su carácter vengativo, por lo que accedió a reconocer el trozo de tela que Smith le había llevado:
—Ha obrado bien. Permítame, pues, examinar el paño en cuestión.
El mayordomo le entregó un jirón de tartán, viejo y sucio, sin costuras, con cuadros de varios tonos azules y negros y franjas rojas de diferentes grosores que los cruzaban en vertical y en horizontal, al igual que alguna línea blanca paralela a las franjas rojas. Después de observarlo unos instantes reconoció los colores del clan MacDonell de Glengarry y sus sospechas quedaron confirmadas. Jadeó ulcerado por el profundo malestar que aquel trozo de tartán le provocaba y le dijo a su mayordomo:
—Está bien, haga pasar al caballero. Le recibiré en esta misma sala, mas despierte al capitán Hopkins y que doble la guardia.
—Así se hará, Milord —el mayordomo se alejó después de reverenciarle y quedó Graham solo, inquieto. Se dirigió de nuevo al ventanal mientras se preguntaba por qué habría vuelto, después de tantos meses de ausencia en que nada se supo de él, sin mencionar el asunto de la máscara, no menos inquietante que su presencia. Entretanto observó un instante más la tormenta que asolaba inclemente sus tierras, al igual que el tiempo pasa y no perdona a nadie y cuando se va no vuelve. Cerró los ojos y suspiró.
Clac, escuchó tras de sí, era el pestillo de la puerta que se cerraba y se volvió. Allí estaba la figura espectral que temía encontrar y que había creado años atrás él mismo, por una jugada extraña del destino que ahora parecía volverse contra él. Era aquella la única de sus creaciones que le producía pesadillas, el único error del que se arrepentía: haber proporcionado una forma humana a la muerte.
El hombre permaneció en silencio durante unos instantes mientras observaba con atención al Duque. Estaba asustado, podía sentirlo, lo olía; rezumaba pavor ante su presencia y se complació, halagado, dibujando una sonrisa macabra que Graham no pudo ver por estar velada tras la inquietante máscara dorada.
El Duque observaba intranquilo a un hombre que vestía de lujoso luto, sujetando un tricornio con las manos enguantadas, quizá por habérselo quitado, como requisito cortés de Smith para que le permitiera subir a su encuentro. A los hombros, caía una larga capa del mismo color que el resto de sus ropas, capa larga de cuello alto, que podría haberle tapado el rostro si lo hubiera necesitado en una noche intempestiva como aquella, pero no, aquel no era su caso, pues la máscara dorada cubría su rostro insensibilizándolo del exterior. Ésta era extraña, grotesca, una réplica de los rasgos de una cara que aparentemente sonreía, mas, bien observada, era una mueca sardónica exaltada por los brillos dorados de un material, que lejos de iluminar algo de su funesta imagen, producía más bien escalofríos, como si estuviera ante un alma errante que buscara algún desdichado para acompañarle en su lento caminar por el mundo de los muertos. Montrose tragó saliva y al fin la figura habló con voz firme y rota:
—Padre, os saludo —y le hizo una efusiva reverencia que por excesiva rayó el sarcasmo. [...]

2 comentarios:

  1. Vaya, que no gana para sustos y disgustos el Señor Duque!! Que ya era mucho lo del horrible recuerdo del rayo matando a un hombre que ahora ya de mayor comete un error de creación: y le salió vacilón y gracioso el niño.
    Has creado un ambiente fantasmal de lo más interesante, con todos los ambientes propicios para que nadie se libre de un ataque al corazón. Peeero como a mi me encantan las tormentas y los misterios no me dio miedo ¡me encantó!

    Besos.

    ResponderEliminar
  2. Me alegro de que te guste. Recuerdo que lo escribí de noche y me lo pasé genial. Crear al enmascarado ha sido realmente divertido, aunque inicialmente quería que fuera el capítulo XIII para añadir un punto simbólico inquietante... Sin embargo creo que así ha quedado mejor. A ver que opinan los representantes y editores jaja

    ResponderEliminar